Antakya, entre los olvidados del terremoto anterior
Mientras la atención de todo el mundo está concentrada en la tragedia de Myanmar, en la región de Turquía que el 6 de febrero de 2023 fue sacudida por un sismo de las mismas proporciones, la recuperación sigue estando muy lejos. "El terremoto está siempre presente: en el trauma que hemos vivido, en las personas que hemos perdido, en los edificios destruidos entre los cuales caminamos todos los días". En el lugar donde por primera vez los seguidores de Jesús fueron llamados "cristianos", la comunidad local se ve obligada a ir y venir desde una ciudad vecina.
Antakya (AsiaNews) - Zeyneb camina con la cabeza baja por los caminos de tierra, levantando a cada paso una pequeña nube de polvo. Ese polvo pesado, que se pega a la piel y obstruye la garganta, es omnipresente en Antakya, aquella Antioquía sobre el Orontes de historia milenaria cuyo centro histórico fue durante siglos un animado laberinto de callejuelas bordeadas de tiendas y antiguos lugares de culto de tres religiones diferentes. Verlo hoy, reducido a un montón de escombros, deja sin aliento. Aunque han pasado más de dos años desde aquel 6 de febrero de 2023, cuando un devastador terremoto entre el sur de Turquía y el noreste de Siria dejó (oficialmente) 60.000 víctimas, el tiempo aquí parece haberse detenido.
"El terremoto está siempre con nosotros: en el trauma que hemos vivido, en las personas que hemos perdido, en los edificios destruidos entre los cuales caminamos todos los días", suspira Zeyneb, cuya casa es una de las poquísimas, en el corazón del barrio histórico, que ha resistido los temblores de 7,8 grados de magnitud. Mientras la atención de todo el mundo está concentrada en la tragedia de Myanmar, cuyas dimensiones todavía no se conocen con exactitud, en esta región de Turquía, la provincia de Hatay que hasta 1939 formaba parte de Siria, la recuperación después del sismo todavía está lejos. En la otra orilla del Orontes las grúas están en plena actividad y rápidamente se están levantando nuevos edificios, pero la mayor parte de la población no ha podido regresar a las zonas más afectadas.
"Muchos han encontrado una vivienda en las aldeas de los alrededores, a veces como huéspedes de parientes, mientras que muchos otros todavía siguen en los centros de acogida temporales que instaló el gobierno en toda la provincia", cuenta el P. Francis Dondu, misionero capuchino de origen indio que ha vivido en primera persona la espantosa experiencia del terremoto. Aquella noche se encontraba en la casa junto a la pequeña iglesia católica de los Santos Pedro y Pablo, un complejo de estilo tradicional árabe pero reformado que, a pesar de algunos daños, se mantuvo en pie y en las primeras semanas de emergencia cobijó a muchos desplazados. "Inmediatamente después del sismo ayudé a sacar gente de entre los escombros, había muertos y mutilados por todas partes, fue una experiencia traumática. En aquellas horas agitadas trabajamos codo a codo con el sacerdote de la cercana iglesia ortodoxa, un hermoso edificio del primer siglo de la era cristiana que, lamentablemente, se derrumbó de forma catastrófica".
Sobre las vallas que hoy rodean las ruinas de la iglesia, en las que todavía se pueden ver algunos textos sagrados, un panel describe las obras de restauración programadas, pero las autoridades locales demoran en conceder los permisos y los trabajos todavía no han comenzado. Mientras tanto, el sacerdote se ha trasladado a otra ciudad y los fieles también se han reducido drásticamente. De aproximadamente 370 familias greco-ortodoxas que vivían en Antakya antes de 2023, solo quedan unas veinte. Pero algunos vuelven a trabajar durante el día, como George y Naim, que tienen dos talleres de orfebrería en el mercado de la ciudad, recreado con construcciones prefabricadas tras el derrumbe de las originales históricas debido al sismo. Naim llora mientras muestra las fotos de su hermano y de su guapo y sonriente sobrino, que murieron aplastados cuando se derrumbó su casa. "Los socorristas demoraron en llegar porque nuestro barrio es cristiano", denuncia amargado. Lo cierto es que la destrucción no tuvo en cuenta la religión de los ciudadanos ni hizo distinción entre los lugares de culto. La gran mezquita a pocos pasos del río ya no existe, así como la antiquísima sinagoga donde, según los Hechos de los Apóstoles, Pablo y Bernabé comenzaron a predicar en el nombre de Jesús. En este lugar por primera vez los seguidores del Evangelio fueron llamados "cristianos".
El descontento y la exasperación por la lentitud de la reconstrucción son generalizados, aunque muchos reconocen la enormidad objetiva de las obras que se requieren y confirman que las familias más afectadas han recibido una indemnización del Estado. Selçuk es un joven ingeniero nacido y crecido en Iskenderun, otra ciudad de Hatay que ha quedado muy destruida. "Sinceramente creo que cualquier gobierno habría tenido las mismas dificultades", admite mostrándome uno de los centros de acogida donde las familias que se quedaron sin casa viven desde hace más de dos años en contenedores colocados en largas filas. Julia vive en una de estas casillas: "Es duro - admite - pero por suerte tengo un trabajo, soy empleada del hospital, y consigo vivir dignamente. Espero que podamos volver pronto a una casa de verdad, pero mientras tanto la vida continúa, a pesar de todo. Por suerte no estoy sola, tengo una comunidad que me acompaña". Julia se refiere a los fieles y a los catecúmenos, como ella, que frecuentan la parroquia latina de la Anunciación cuya iglesia está en ruinas. "Pero lo que más importa - afirma A'gi, joven focolarina húngara que vive aquí desde hace algunos años - son las piedras vivas de la pequeña iglesia turca. Son ellas las que esperamos ver renacer".
28/08/2016 13:40