17/06/2020, 13.19
SIRIA
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Religiosas trapenses: el pueblo sirio muere de hambre por las sanciones internacionales, ‘insostenibles’

El embargo económico es el arma de un “sistema global de finanzas y geopolítica”, que usa los pueblos y naciones como “piezas, para defender sus intereses”. La denuncia de las religiosas: la gente “se esta muriendo de hambre”, no solo por el coronavirus. Las farmacias están cerradas y no hay medicamentos. Aunque el conflicto armado esté archivado, lo que hoy está en acto es una “guerra económica”. 

Damasco (AsiaNews) - Los sirios están viviendo una “situación insostenible” a causa de la guerra y de las sanciones internacionales, que son armas de un “sistema global de finanzas y geopolítica”, que “usa a pueblos y naciones como meras piezas, para defender los intereses propios”. Es lo que denuncian las hermanas trapenses de Azir, en Siria, frente al creciente drama de una población civil que es víctima de los juegos de poder de las potencias mundiales. Para las religiosas, no tiene  ningún sentido “actuar sobre los efectos” si no se cambian “en las altas esferas, las causas” de los sufrimientos. Y, destacan, ello no afecta solamente al país árabe. 

Desde su monasterio en la pequeña aldea maronita de la región centro-occidental de Siria, situada entre las ciudades de Tartús y Homs, las hermanas trapenses vuelve a denunciar las durísimas condiciones de vida de las personas en medio de los conflictos, el embargo económico y la pandemia de Covid-19. “La gente a nuestro alrededor - escribe la superiora, Sor Marta - está muriendo de hambre. Por enfermedades. ¡Y no porque esté el virus! Sino porque ya no encuentra los medicamentos ‘normales’, como aquellos para la diabetes, los remedios para la presión, para los tumores o para el corazón”.

Las farmacias están cerradas, las empresas no importan las materias primas y se ven obligadas a parar la producción de medicamentos. La libra siria, escriben las religiosas, “se devalúa hora tras hora” y “los comerciantes no venden los stocks” porque la mercadería pierde su valor. “Esperábamos que Europa”, tras haber vivido en carne propia “la experiencia de la precariedad” y de la “vida amenazada” a causa del coronavirus, pudiese comprender qué significa vivir en una realidad tan dramática como la guerra, y cuánto pueden influir las sanciones en un tejido social ya de por sí comprometido, prosiguen las hermanas. 

Recientemente, varias personalidades cristianas han pedido la cancelación de las sanciones, para aplacar los sufrimientos de la población. Desde el arzobispo maronita de Damasco, que habla de un país sumido en una “fosa”, hasta el vicario apostólico de Alepo, quien se refiere a éstas como un “crimen”, pasando por un médico cristiano que las considera un “obstáculo” en la lucha contra el Covid-19, se multiplican las voces críticas. 

Entre ellas, resuena la de Papa Francisco, que en el mensaje pascual pidió que “se reduzcan [...] las sanciones internacionales”, aunque no aludió explícitamente a Siria e Irán. 

Aunque reconocen que los problemas en Siria no se deben todos a las sanciones, y que hay “muchas responsabilidades en esto, incluso internas”, aludiendo a la cúpula de gobierno, las religiosas afirman que “el tiempo posterior a una guerra armada es más difícil”. Hoy hay una “guerra económica”, que se libra con la división del poder, con privilegios, influencias sobre el territorio y con terroristas que “todavía siguen quemando los campos de cultivo de granos en el norte”. E incluso “el sistema político-económico interno, que resistió en todo su derecho para defender la soberanía del país, ahora arriesga poner en juego esta misma soberanía si no se ocupa adecuadamente de los padecimientos del pueblo”.

Lo cierto es que “se han renovado” las sanciones; es más, se han incrementando, y los efectos nefastos se ven en la población civil: “En personas como tú y como yo -afirman las religiosas -, hombres, mujeres y niños. No en los políticos, no en los líderes.  Las sanciones son contra la gente”. Y si hay algo seguro, es que quien decide imponerlas, lo sabe bien: exasperar a la gente para hacer que caiga quien gobierna, allí donde no se logró esto con las armas. Pero, ¿acaso es moral usar el sufrimiento de los pueblos para hacer política?, se preguntan. “Desde aquí, a pesar de estar en un monasterio, nosotras nos damos cuenta de que hay quien busca llevar adelante otros caminos, una ‘economía humanista’ que tenga como bases los valores de la cultura, de la moral, una visión del hombre… Por favor - concluyen - participen en estos caminos nuevos”.

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