17/02/2021, 12.07
VATICANO
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Papa: Cuaresma, un viaje de regreso a Dios; un éxodo de la esclavitud a la libertad

En el Miércoles de Ceniza, Francisco nos recuerda que "nuestro camino es un dejarnos tomar de la mano. El Padre que nos llama a volver es Aquel que sale de casa para venir a buscarnos; el Señor que nos cura es Aquel que se dejó herir en la cruz; el Espíritu que nos hace cambiar de vida es Aquel que sopla con fuerza y dulzura sobre nuestro barro"

 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – La Cuaresma es "un viaje de regreso a Dios", un "éxodo de la esclavitud a la libertad", un "dejarnos reconciliar con Dios", “no es recoger florecillas”, sino proceder en el camino hacia Dios teniendo como guía lo que Jesús nos dijo, reconociendo que necesitamos de la misericordia. Al comienzo de la Cuaresma, el Papa Francisco recordó que "somos polvo y al polvo volveremos". “Pero sobre este polvo nuestro Dios ha infundido su Espíritu de vida. Entonces, no podemos vivir persiguiendo el polvo, detrás de cosas que hoy están y mañana desaparecen”.

Hoy es Miércoles de Ceniza. A causa de la pandemia, el rito se celebró en el altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro y no, como marca la tradición, en el de Santa Sabina.

La imposición de las cenizas al pontífice fue de manos del cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la basílica de San Pedro. En su homilía, Francisco advirtió: “Cuántas veces, ocupados o indiferentes, hemos dicho: ‘Señor, volveré a Ti después… Hoy no puedo, pero mañana empezaré a rezar y a hacer algo por los demás’. Ahora Dios llama a nuestro corazón. En la vida tendremos siempre cosas que hacer y excusas para dar, pero ahora es tiempo de regresar a Dios. Vuélvanse a mí, dice, con todo el corazón. La Cuaresma es un viaje que implica toda nuestra vida, todo lo que somos. Es el tiempo para verificar las sendas que estamos recorriendo, para volver a encontrar el camino de regreso a casa, para redescubrir el vínculo fundamental con Dios, del que depende todo. La cuaresma no es recoger florecillas, sino discernir hacia dónde se orienta el corazón. Preguntémonos: ¿Hacia dónde me lleva el navegador de mi vida, hacia Dios o hacia mi yo? ¿Vivo para agradar al Señor, o para ser visto, alabado, preferido? ¿Tengo un corazón “bailarín”, que da un paso hacia adelante y uno hacia atrás, ama un poco al Señor y un poco al mundo, o un corazón firme en Dios? ¿Me siento a gusto con mis hipocresías, o lucho por liberar el corazón de la doblez y la falsedad que lo encadenan? ”.

El viaje de regreso a Dios es un viaje difícil, como lo fue para los judíos, que debían dejar “las cebollas” de Egipto; se dificulta por “los lazos seductores de los vicios, de las falsas seguridades del dinero y del aparentar”. Para caminar es necesario desenmascarar estas ilusiones. Es necesario darse cuenta de que “somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar. Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos de pie: el perdón de Dios, la confesión, es el primer paso de nuestro viaje de regreso”. Luego, Francisco habló de forma espontánea y volvió a recomendar a los confesores que sean generosos: “no al látigo, sí al abrazo”.  

Sin embargo, recordó el Papa, “nuestro viaje de regreso a Dios es posible sólo porque antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros. Antes de que nosotros fuéramos hacia Él, Él descendió hacia nosotros. Nos ha precedido, ha venido a nuestro encuentro. Por nosotros descendió más abajo de cuanto podíamos imaginar: se hizo pecado, se hizo muerte”.

“Nuestro viaje, entonces, consiste en dejarnos tomar de la mano. El Padre que nos llama a volver es Aquel que sale de casa para venir a buscarnos; el Señor que nos cura es Aquel que se dejó herir en la cruz; el Espíritu que nos hace cambiar de vida es Aquel que sopla con fuerza y dulzura sobre nuestro barro. He aquí, entonces, la súplica del Apóstol: «Déjense reconciliar con Dios» (v. 20). Déjense reconciliar: el camino no se basa en nuestras fuerzas. La conversión del corazón, con los gestos y las obras que la expresan, sólo es posible si parte del primado de la acción de Dios.  Lo que nos hace volver a Él no es presumir de nuestras capacidades y nuestros méritos, sino acoger su gracia. Jesús nos lo ha dicho claramente en el Evangelio: lo que nos hace justos no es la justicia que practicamos ante los hombres, sino la relación sincera con el Padre. El comienzo del regreso a Dios es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia, necesitados de Su gracia. Este es el camino justo, el camino de la humildad”. 

“Hoy inclinamos la cabeza para recibir las cenizas. Cuando acabe la Cuaresma nos inclinaremos aún más para lavar los pies de los hermanos. La Cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Es entender que la salvación no es una escalada hacia la gloria, sino un abajamiento por amor. Es hacerse pequeños. En este camino, para no perder el rumbo, pongámonos delante de la cruz de Jesús: es la cátedra silenciosa de Dios. Miremos cada día sus llagas. En esos agujeros reconocemos nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos han hecho daño. Sin embargo, precisamente allí vemos que Dios no nos señala con el dedo, sino que abre los brazos de par en par. Sus llagas están abiertas por nosotros y en esas heridas hemos sido sanados (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Besemos esas llagas y entenderemos que justamente ahí, en los vacíos más dolorosos de la vida, Dios nos espera con su misericordia infinita. Porque allí, donde somos más vulnerables, donde más nos avergonzamos, Él viene a nuestro encuentro. Y ahora nos invita a regresar a Él, para volver a encontrar la alegría de ser amados”.

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