06/04/2020, 12.22
EDITORIAL
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Los misterios de la Pascua, en las iglesias vacías y en el mundo

de Bernardo Cervellera

La emergencia desatada por la pandemia está lejos de ser dominada, y obliga a los sacerdotes a celebrar la misa sin el pueblo. El sepulcro de Jerusalén, en aquella primera noche de resurrección también estuvo dominado por el mismo silencio y ausencia de público. El mundo entero parece una gran tumba que nos enfrenta de lleno a nuestra afirmación de ser felices. El anuncio de la resurrección en las iglesias vacías necesita de profetas que lleven esta esperanza a la tumba del mundo. 

Roma (AsiaNews) - Este año, la Pascua tiene un sabor extraño, al cual no estábamos habituados. La emergencia desatada por la pandemia, que aún está lejos de ser controlada, obliga a los sacerdotes a celebrar la misa sin el pueblo. En la mayor parte de los países del Asia, al igual que en Italia, para evitar el contagio, las iglesias – y otros lugares de culto, como las mezquitas – se encuentran abiertas, pero solo para la oración individual. De modo que el momento más solemne del año litúrgico cristiano, la resurrección de Jesús, no tendrá coros polifónicos ni cascadas de flores perfumadas, y tampoco el resplandor enceguecedor de las luces. El canto del Aleluya, en la noche pascual, quizás será susurrado, para evitar que el aliento de los cantores difunda moléculas de coronavirus por parte de individuos positivos, pero asintomáticos. 

Una Pascua reducida a lo esencial, despojada, con la iglesia vacía. Y sin embargo, es precisamente este gesto, el vacío, lo que nos recuerda de cerca el primer sepulcro en Jerusalén, aquél donde Jesús fue colocado. Y la primera noche de resurrección estuvo dominada por el mismo silencio y la falta de público: nadie es testigo del momento en el que la Vida volvió a surgir en el cuerpo del Redentor, humillado por el sufrimiento y la aniquilación en la cruz. En las iglesias vacías y sin pueblo, se renueva el misterio de aquella primera noche de resurrección, con el estilo, las ausencias y los silencios que, por primera vez en la historia, acompañaron la victoria de la Vida sobre la muerte. 

El potente triunfo de Cristo, aún cuando sea celebrado en el cuasi-silencio de las iglesias, restaura nuestra fe de cristianos. ¿Acaso esta fe puede llevar consuelo y luz al resto del mundo? Las noticias y las estadísticas que a toda hora nos llegan desde los rincones más variados del planeta, aumentan en nosotros un sentimiento de dolor y muerte: cada día hay más infectados, cada día suma más cadáveres, cada día prolonga la agonía. También hay otros aspecto inquietante: hasta ahora, la epidemia de coronavirus ha afectado fundamentalmente a los países de Europa y América de Norte, o a otros como China, Japón y Corea del Sur, donde de alguna forma el sistema de salud, aunque esté colapsado, todavía lograr asistir, atender y curar al menos a una parte de los afectados por el virus. Mientras se escriben estas líneas estamos en la antesala de lo que puede culminar en una tragedia: la propagación del coronavirus en países como la India, o en muchas naciones africanas, donde el ejército de pobres se cuenta en cientos de millones, y donde el sistema de salud a duras penas logra funcionar para los ricos. Pero también en los países desarrollados, la muerte está dominando las jornadas de muchísimas personas, evidenciando nuestra total impotencia, por más que nos empeñamos incansablemente en atender a los enfermos. Todo el mundo se parece a una gran tumba que nos enfrenta de lleno a nuestra afirmación de ser felices. 

“Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos?” (Ezequiel 37, 3). Esta pregunta de Yahveh a su profeta, ante el valle exterminado, lleno de huesos, está volviendo a mi mente en este período. La pregunta precede a la intervención del Espíritu, que reconstruye los tejidos corrompidos a partir de los huesos secos y devuelve a su pueblo la vida. Pero el Espíritu espera que el profeta lo anuncie. El anuncio de la resurrección en las iglesias vacías necesita de profetas, que lleven esta esperanza a la tumba del mundo.

Es conmovedor saber que tantos sacerdotes de Italia han perdido la vida en su ministerio, acompañando a los enfermos de coronavirus. Y es impresionante que frente a los millones de jornaleros que se han quedado sin trabajo, sin casa y sin comida, hacinados en las inmensas ciudades indias, los obispos locales se hayan puesto manos a la obra para atender a los enfermos, alojar a los sin techo y distribuir comida. Todo ello es una expresión de solidaridad, que no proviene solamente de las fuerzas del hombre, sino que es fruto de la resurrección de Jesús, que ha hecho que dejáramos de ser extraños y nos ha vuelto hermanos. 

También es cierto que muchos siguen viviendo para sí mismo. Como en la Pasión de Jesús, están los que se aprovechan, los que velan por sus conveniencias políticas, sus ganancias, su poder, insensibles a la muerte que nos rodea y que también los devora a ellos. Sin embargo, Cristo ha resucitado y nosotros ya formamos parte de un nuevo mundo que está brotando sobre la tumba ya vacía.

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