30/06/2018, 11.24
RUSIA-TURQUÍA
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Erdogan y pensiones: las nuevas espinas para la corona de Putin

de Vladimir Rozanskij

La confrontación entre el imperio ruso y el imperio otomano siempre ha sido un punto que ha acentuado la línea divisoria entre el éxito y el fracaso. Erdogan quiere expandir su poder en el Oriente Medio, donde Rusia corre el riesgo de perder su hegemonía, lograda sobre el territorio sirio. La reforma de las pensiones -con la elevación de la edad jubilatoria- es vista por los miembros de la Iglesia ortodoxa como un “castigo de Dios”. Caen los índices de aprobación para Putin y Medvedev.

Moscú (AsiaNews) – El “zar Putin IV” se encuentra teniendo que afrontar dos cuestiones –una de política exterior y otra estrictamente interna- que hacen vacilar ciertas certezas suyas: la reelección del “sultán” Erdogan y la reforma de las pensiones. Las dos situaciones, que son bastante complicadas, vienen a obstaculizar el ascenso del líder ruso, luego de  su triunfal reelección del 18 de marzo pasado, y  los grandes acuerdos económicos firmados con China y con otros socios asiáticos.

Tal como ha sucedido con todos los grandes zares rusos, que van desde Pedro El Grande a Nicolás I, la línea divisoria entre el éxito y el fracaso pasa en gran medida por la confrontación con el imperio otomano, donde el flamante reelecto presidente, Recep Tayyp Erdogan, funciona como “espejo” histórico e ideológico de la suerte de Vladimir Putin. Ambos están en escena desde hace aproximadamente 20 años,  han escalado el poder rápidamente para no dejarlo más, cambian leyes y constituciones a fin de favorecer la propia inamovilidad. El nuevo zar                                                                vuelve a proponer el legado de los autócratas ortodoxos de Moscú; la ideología otomana de Erdogan retrotrae a Turquía a la gloria del islam político del pasado.  Ambos sirven de modelo e inspiración para varios soberanos, más o menos autoritarios, que dominan la escena política de todas las latitudes.   

Como pasó con los zares y sultanes del pasado, la relación entre Putin y Erdogan se alimenta de una irreductible hostilidad, y al mismo tiempo, de una inextricable dependencia recíproca. El sueño de la “Tercera Roma” moscovita pasa por la conquista de la “segunda Roma” -la antigua Bizancio- que también se vuelve un socio obligado para imponer una visión del mundo multilateral, siendo los únicos dos imperios sobre ambos continentes, en la cresta entre Oriente y Occidente.

El terreno habitual de encuentro y desencuentro entre Turquía y Rusia es precisamente el gran “contorno” que hace de cremallera entre Europa y Asia: el Oriente Medio que abarca desde Siria hasta Tierra Santa, además del Asia Central de orígenes turánicos. Y las primeras declaraciones brindadas por Erdogan luego de su reelección por mayoría absoluta, dejan no pocas preocupaciones en el Kremlin. Al tomar la palabra para dirigirse a la masa de sus sostenedores en Ankara, el presidente-sultán ha prometido llevar a término la “liberación” de los territorios sirios, respondiendo al pedido de sus electores: “Quiero ser claro en esta cuestión” –declaró- “hemos acusado recibo del mensaje de nuestros conciudadanos en las últimas elecciones parlamentarias. Tengan la certeza de que no repetiremos los mismos errores”. Habiendo obtenido el 53% de los votos, y la libertad de cambiar el personal de gobierno, además de a los jueces de la Corte Suprema, el líder turco ha expresado la voluntad de continuar la expansión militar en Siria y quizás incluso en Irak: “Liberaremos a Siria de terroristas, para que puedan regresar [a su tierra] nuestros huéspedes sirios”, prometió Erdogan, refiriéndose al flujo migratorio que ha invadido Turquía durante las fases más agudas del conflicto bélico, y cuya recepción le ha permitido al país obtener generosos financiamientos de la Unión Europea.  

Las declaraciones de Erdogan generan gran alarma en Rusia, quien ve peligrar la hegemonía conquistada sobre el campo de Siria, aún cuando los dirigentes rusos simulen tranquilidad de cara al mundo, confiando en que podrán ponerse de acuerdo con el sultán.  

Mucho más graves aparentan ser los dolores de cabeza de Putin frente a las reacciones negativas cosechadas por la anunciada reforma de las pensiones, que arriesga hacer desplomar los índices de popularidad en su patria.

Anunciada el 14 de junio pasado, en la vigilia de la Copa Mundial de Fútbol, la reforma eleva la edad jubilatoria a 65 años para los hombres, y a 63, para las mujeres.  

Un autorizado miembro del clero ortodoxo, el protoierej Aleksej Chaplin de la eparquía de  Belgorod, el 23 de junio pasado disparó tremendas críticas contra el proyecto de ley en el portal   Russkaja Pravoslavnaja Linija y en los medios y redes sociales. Según el prelado, “el incremento de la edad jubilatoria alcanza a aquella generación que más ha contribuido entre todas a destruir los principios establecidos por Dios sobre la familia, y la nueva ley pareciera ser un castigo infligido al pueblo por sus pecados… Decir la verdad es siempre incómodo y difícil, pero en esto consiste la misión de la Iglesia”.  En este caso, la “verdad” es la acusación de los “engaños del lobby liberal”, y el hecho de que “en lugar de la familia, domina la convivencia pecaminosa de los llamados matrimonios civiles; el número de divorcios ha alcanzado cifras alarmantes; las familias numerosas son condenadas por la opinión pública, sin mencionar los millones y millones de abortos”.

Hasta ahora, la reforma quedó “drogada” por la euforia ante el buen desempeño inicial de los rusos en el Mundial de Fútbol, algo ofuscado por la primera y ruidosa derrota sufrida contra la selección uruguaya. El gobierno de Moscú confía en nuevos, aunque inciertos, triunfos, para evitar críticas y descontentos sociales que podrían ser incluso más duros que las acusaciones  moralizantes del padre Aleksej y de la Iglesia ortodoxa. En tanto, el índice de aprobación del presidente Putin ha caído en los últimos días, bajando de 75% a 69%, y el del gobierno de  Medvedev se desploma, ubicándose por debajo del 50%.

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