09/02/2017, 14.24
JAPON- VATICANO
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El p. Mario Bianchin: Justo Takayama Ukon, modelo de santidad imitable

de Mario Bianchin

El “santo samurái” fue beatificado el pasado 7 de febrero. El período épico de los mártires japoneses. “Takayama Ukon representa el modelo de aquel testimonio de vida de cristo, a la cual es “llamado todo creyente”. La reflexión del superior regional del PIME en Japón sobre la figura del nuevo beato.

Osaka (AsiaNews)- El martes 7 de febrero se realizó la ceremonia de beatificación de Justo Takayama Ukon, el “santo samurái”, noble hijo de Japón y mártir de Cristo. Entre los tantos mártires con cuyo espléndido testimonio la Iglesia japonesa fue bendecida en la figura de Tajayama Ukon resalta “el martirio de una vida” como de un camino tras la huella de Cristo, el nuevo “señor” al cual el santo samurái jura nueva fidelidad para siempre. Es la reflexión que el p. Mario Bianchin, superior regional del PIME en el país del Sol Naciente, envía a AsiaNews, en la cual es resaltado el modelo de “santidad imitable” que el nuevo beato representa para e Japón y para el mundo entero.

Un estilo japonés de vida cristiana

“Un modelo japonés de vida cristiana también para hoy, para todo el mundo” son substancialmente las palabras con las cuales el Card. Angelo Amato reasumía, en su homilía, la figura de Justo Takayama Ukon, proclamándolo beato, en representación del Papa Francisco en el rito que el 7 de febrero se realizó frente al Castillo de Osaka, en presencia de 10 mil personas entre obispos y sacerdotes provenientes de todo el mundo (particularmente de Corea y de Filipinas) y fieles de todo Japón.

Conocido como “el santo samurái” (más exactamente, su estado social fue de daimio o “señor feudal”) históricamente el nuevo beato forma parte de un período lejano, el período del así llamado ‘Siglo Cristiano’ de Japón, a fines del siglo XV, cuando la fe cristiana floreció por primera vez en el extremo pedacito de Asia, el país del Sol Naciente, por obra de san Francisco Javier.

Pero su figura se proyecta y por lo tanto constituye también un bellísimo modelo para hoy, de “santidad imitable” específicamente para los japoneses, pero también para todo el mundo y es esto lo que hace del beato un “don” para toda la Iglesia.

La persecución crudelísima que pondrá fin a la primavera cristiana en Japón, dará a esta joven Iglesia tantos santos mártires, en parte conocidos, como san Pablo Miki y compañeros, crucificados en Nagasaki en 1597 (Pablo Miki fue compañero y coterráneo de Justo Takayama, ambos de Osaka), pero a diferencia de todos estos, en la figura de Takayama Ukon resalta “el martirio de una vida” como de un camino tras la huella del Señor Jesús, el nuevo “señor” al cual el santo samurái jura nueva fidelidad para siempre.

Por lo tanto, una vida “por” Cristo, en fiel obediencia a Él, en la tiniebla de la Fe que regularmente se transforma en gran luz, luz que da fuerzas al donarse, reenciende en el corazón la esperanza y de a poco revisita el alma con la alegría y la paz.

Takayama Ukon representa así el modelo de aquel testimonio (o sea ‘martirio’) de vida a Cristo, al cual es llamado cada creyente en Cristo y que lleva a la “kénosis”, o sea al proceso de purificación interior de renunciar a sí mismo y conformarnos a la voluntad del Padre, como el Señor Jesucristo. Y es en este sentido que él representa también un modelo de santidad “imitable”, o sea un modelo perseguible también para los japoneses de hoy, porque él da un hermoso testimonio permaneciendo dentro de la “realidad japonesa” de su realidad “existencial”.

Es el descubrimiento gradual de Pablo en su camino a Damasco, movido por la revelación que Dios está presente en él (Cfr. Gl. 1,16), el descubrimiento que Dios lo ama y que le dona el Hijo para que también él (Pablo) tome la existencia la misma vida de Su Único Hijo, el Señor Jesús. Y es el descubrimiento de todo creyente en Cristo.

Dando su consentimiento interior a esta revelación, nuestro Beato, como Jesús “perdona” a sus perseguidores, o sea que entra en la dinámica del amor de Dios mismo.

Me pareció percibir desde el interior de aquella asamblea que lo proclamaba beato justamente allí frente al Castillo de Osaka-que bien recordaba el mundo de entonces y la sociedad dentro de la cual el nuevo Beato daba su hermoso testimonio- elevarse la oración universal de la Iglesia para que el Evangelio pueda ser una buena noticia, anuncio de salvación para toda la humanidad también hoy, en su camino. Pueda él ser también para la Iglesia de Japón, pero también para todo el mundo, incentivo de un nuevo ímpetu misionero, fundado en la alegría del Evangelio, la alegría de descubrirse “hermanos” porque somos hijos en el Hijo Unigénito, a través de la participación en Su muerte y en Su resurrección, semilla de vida eterna.

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