21/02/2017, 14.15
VATICANO
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Papa: es “un deber” acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes

“La promoción humana de los emigrantes y de sus familias comienza por las comunidades de origen, allí debe ser garantizado, junto al derecho de poder emigrar, el derecho de no tener que emigrar”. “Frente a las tragedias que ‘marcan a fuego’ la vida de tantos emigrantes y refugiados –guerras, persecuciones, abusos, violencia, muerte- no pueden sino surgir sentimientos espontáneos de empatía y compasión”.  

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – Al fenómeno de las migraciones, que ha asumido dimensiones sin precedentes y que muy a menudo es una elección forzada por situaciones de violencia y necesidad, la respuesta debe hallarse en “acoger, proteger, promover e integrar”. Es “un deber de la justicia, de la civilización y de la solidaridad”  que fue ratificado por el Papa Francisco en un largo y articulado discurso dirigido a los participantes en la sexta edición del Foro Internacional “Migraciones y Paz”, centrado en el tema Integración y desarrollo: de la reacción a la acción (Roma, 21-22 febrero de 2017).

Las migraciones, como observó el Papa, que no son algo nuevo en la historia de la humanidad, se han convertido en un fenómeno que abarca a prácticamente cualquier parte del mundo, y que, en gran parte de los casos, son “desplazamiento forzados, causados por conflictos, desastres naturales, persecuciones, cambios climáticos, pobreza extrema y condiciones de vida indignas”.

“Nuestra respuesta en común podría articularse en torno a estos cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar”.

Acoger. Existe una “índole de rechazo que nos aglomera, y que conduce a no mirar al prójimo como a un hermano que ha de acogerse”, sino “a transformarlo más bien en un adversario”. “Frente a este tipo de rechazo, arraigado en última instancia en el egoísmo y amplificado por demagogias populistas, urge un cambio de actitud, para superar la indiferencia y anteponer a los temores una generosa actitud de acogida hacia aquellos que tocan a nuestras puertas”. “Una acogida responsable y digna de estos hermanos y hermanas comienza por su ubicación en espacios adecuados y decorosos. Los grandes conglomerados de solicitantes de asilo y refugiados no han dado resultados positivos, generando asimismo nuevas situaciones de vulnerabilidad y descontento. En cambio, los programas de acogida que se han difundido, y que ya se implementan en distintas localidades, parecen facilitar el encuentro personal, permitir una mejor calidad de servicios y ofrecer mayores garantías de éxito”.

Proteger. “La experiencia emigratoria a menudo vuelve a las personas más vulnerables a la explotación, al abuso y a la violencia. Hablamos de millones de trabajadores y trabajadoras migrantes –y de ellos, particularmente aquellos en una situación irregular- de personas que han huido y solicitan asilo, de víctimas de la trata. La defensa de sus derechos inalienables, la garantía de sus libertades fundamentales y el respeto de su dignidad son tareas de las cuales nadie puede eximirse. Proteger a estos hermanos y hermanas es un imperativo moral que ha de ser traducido adoptando herramientas jurídicas, internacionales y nacionales, claras y pertinentes; llevando adelante medidas políticas justas y orientadas a largo plazo; prefiriendo procesos constructivos, quizás más lentos, en lugar de los beneficios del consenso inmediato; poniendo en acto programas tempestivos y orientados a humanizar en la lucha contra los ‘traficantes de carne humana’ que lucran con la desgracia ajena; coordinando los esfuerzos de todos los actores, y entre ellos, pueden estar ciertos de ello, estará siempre la Iglesia”.

 

Promover el desarrollo humano integral

Promover. “Proteger no basta, se necesita promover el desarrollo humano integral de los emigrantes, los prófugos y refugiados, que se actúa mediante la atención a los bienes inconmensurables de la justicia, de la paz y de la salvaguarda de lo creado. El desarrollo, según la doctrina social de la Iglesia, es un derecho innegable de todo ser humano. Como tal,  debe ser garantizado asegurando las condiciones necesarias para su ejercicio, tanto en la esfera individual como en la social, dando a todos un acceso equitativo a los bienes fundamentales y ofreciendo posibilidades de elección y crecimiento”. “La promoción humana de los emigrantes y de sus familias comienza en sus comunidades de origen, allí donde también deber ser garantizado, junto al derecho de poder emigrar,  el derecho de no tener que emigrar, o sea, el derecho de hallar en la propia patria las condiciones que permitan una realización digna de la existencia.  A este fin deben ser alentados los esfuerzos que conduzcan a la puesta en acto de programas de cooperación internacional, sin que medien intereses de las partes, y de desarrollo transnacional, en los cuales los emigrantes puedan implicarse en calidad de protagonistas”.

Integrar. “La integración, que no es asimilación y tampoco incorporación, es un proceso bidireccional, que se funda esencialmente en un reconocimiento mutuo de la riqueza cultural del otro: no es una aplastamiento de una cultura sobre otra, tampoco es un asilamiento recíproco, con el riesgo de tan nefastas como peligrosas “formaciones de guetos”. Con respecto a quien llega, y es impulsado a no cerrarse a la cultura y a las tradiciones del país que los hospeda, respetando ante todo las leyes de éste, no ha de ser descuidada en absoluto la dimensión familiar del proceso de integración: por este motivo, me siento en el deber de reiterar la necesidad, tantas veces evidenciada por el Magisterio, de políticas orientadas a favorecer y privilegiar las reunificaciones familiares. En lo que respecta a las poblaciones autóctonas, estas han de ser ayudadas, sensibilizándolas adecuadamente y disponiéndolas a los procesos de integración de una manera positiva,  que no son simples e inmediatos, pero siempre son esenciales a la vez que imprescindibles para el porvenir Por eso, también se requieren programas específicos, que favorezcan el encuentro significativo con el otro”.

 

Un deber “en primera persona” singular y plural

“Creo que conjugar estos cuatro verbos, en primera persona singular y en primera persona plural, hoy representa un deber, un deber hacia los hermanos y hermanas que, por distintos motivos, son forzados a dejar su lugar de origen: un deber que hace a la justicia, la civilización y la solidaridad.. Ante todo, un deber que incumbe a la justicia. Ya no son sostenibles las inaceptables desigualdades económicas, que impiden poner en práctica el principio [que establece] el destino universal de los bienes de la tierra.  Todos somos llamados a emprender procesos de compartición respetuosa, responsable e inspirada en los dictámenes de la justicia distributiva”.  “No puede ser que un grupito de individuos controle los recursos de medio mundo. No puede ser que personas y pueblos enteros tengan derecho a recoger tan sólo las migajas. Y nadie puede sentirse tranquilo y dispensado de los imperativos morales que derivan de la corresponsabilidad en el manejo del planeta”. “Hacer justicia también significa reconciliar la historia con el presente globalizado, sin perpetuar lógicas de explotación de personas y territorios, que responden al más cínico uso del mercado, para incrementar el bienestar de unos pocos”.

“En segundo lugar, hay un deber que incumbe a la civilización”. Cada emigrante es una persona y “hoy, más que nunca, es necesario reafirmar la centralidad de la persona humana, sin permitir que condiciones contingentes y accesorias, así como el -no obstante, necesario- cumplimiento de requisitos burocráticos, ofusquen la dignidad esencial suya”.

“Por último, hay un deber que incumbe a la solidaridad. Frente a las tragedias que ‘marcan a fuego’ la vida de tantos emigrantes y refugiados –guerras, abusos, violencia, muerte- no pueden sino surgir sentimientos espontáneos de empatía y compasión. ‘¿Dónde está tu hermano?’ (cfr Gen 4,9): esta pregunta, que Dios plantea al hombre desde sus orígenes, nos involucra, especialmente hoy, en relación a los hermanos y hermanas que emigran: «No es una pregunta dirigida a otros, es una pregunta que va dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros». La solidaridad nace justamente de la capacidad de comprender las necesidades del hermano y de la hermana que están en dificultades, y de hacerse cargo de ellas. Sobre esto, en sustancia, se funda el valor sagrado de la hospitalidad, presente en las tradiciones religiosas. Para nosotros los cristianos, la hospitalidad ofrecida al forastero necesitado de refugio es una ofrenda a Jesús mismo, que se ensimisma con el extranjero: «Fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). Es un deber propio de la solidaridad contrastar la cultura del descarte y prestar mayor atención a las personas más débiles, pobres y vulnerables. Por esto,  «es necesario que de parte de todos haya un cambio de actitud hacia los emigrantes y refugiados, que se pase de una actitud de defensa y miedo, de desinterés y marginación –que, en definitiva, corresponde precisamente a la ‘cultura del descarte’ – a una actitud que tenga como base la ‘cultura del encuentro’, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor»”.

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