28/06/2017, 13.25
VATICANO
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Papa: el sindicato debe ser “profecía”, defendiendo los derechos de los “trabajadores más frágiles”

El rol del sindicato en una sociedad moderna, su deber de distinguirse de la política y la necesidad de establecer un nuevo pacto social a favor de los jóvenes. “Es una sociedad tonta y miope aquella que obliga a los ancianos a trabajar por demasiado tiempo y de más, y obliga a una generación de jóvenes entera a no trabajar, cuando ésta debiera hacerlo, por ellos y por todos”. 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – “El capitalismo de nuestro tiempo no comprende el valor del sindicato, porque ha olvidado la naturaleza social de la economía”, pero el sindicato debiera ser “profecía”, defendiendo los derechos de los “trabajadores más frágiles”, del “extranjero, de los últimos” y también de los excluido del trabajo, que “también son excluidos de los derechos  de la democracia”. El rol del sindicato, en una sociedad moderna, su deber de distinguirse de la política y la necesidad de establecer un nuevo pacto social a favor de los jóvenes, fueron evocados por el Papa Francisco, que esta mañana, antes de la audiencia general, recibió a delegados de la Confederación Italiana de los Sindicatos de Trabajadores (CISL), en ocasión del XVIII Congreso nacional sobre el tema: “Para la persona, para el trabajo”.   

“Un lema muy bello” fue como lo definió el Papa. “Persona y trabajo –agregó- son dos palabras que pueden y deben estar juntas. Porque si pensamos y hablamos del trabajo sin la persona, el trabajo termina convirtiéndose en algo inhumano, que, olvidando a las personas, se olvida de sí mismo y se extravía.  Pero, si pensamos en la persona sin trabajo, hablamos de algo parcial, algo incompleto, porque la persona se realiza en plenitud cuando se vuelve trabajador, trabajadora; porque el individuo se vuelve persona cuando se abre a los demás, a la vida social, cuando florece en el trabajo. El trabajo es la forma más común de cooperación que la humanidad haya generado en su historia. Cada día, millones de personas cooperan simplemente trabajando: educando a nuestros niños, poniendo en funcionamiento máquinas, desarrollando tareas en una oficina… el trabajo es una forma de amor civil: no es un amor romántico y tampoco es intencional siempre,  pero es un amor verdadero, auténtico, que nos hace vivir y hace que el mundo siga adelante.  

Ciertamente que la persona no es solamente trabajo, porque no siempre estamos trabajando, y no tenemos que estar siempre trabajando. Cuando se es niños no se trabaja, y no se debe trabajar. Cuando estamos enfermos no trabajamos, de viejos no trabajamos”, que es cuando, no obstante, debe ser reconocida una “justa pensión”. “Justa, de modo que no sea ni demasiado pobre ni demasiado rica: las ‘pensiones de oro’ son una ofensa al trabajo, no menos graves que las pensiones demasiado pobres, porque hacen que las desigualdades de la época en que se trabaja devengan perennes. O cuando un trabajador se enferma, y entonces incluso es descartado del mundo el trabajo, en nombre de una eficiencia”.  

“Es una sociedad tonta y miope –siguió diciendo- la que obliga a los ancianos a trabajar de más y por demasiado tiempo, y obliga a una generación entera de jóvenes a no trabajar, cuando ésta debiera hacerlo por ellos y por todos. Cuando los jóvenes quedan fuera del mundo del trabajo, a las empresas les falta energía, entusiasmo, innovación, alegría de vivir, que son  bienes en común invalorables, que vuelven mejor la vida económica y la felicidad pública. Entonces, es urgente establecer un nuevo pacto social para el trabajo, que reduzca las horas de trabajo de quien se encuentra en el último tramo de su vida laboral, para crear trabajo para los jóvenes que tienen el derecho-deber de trabajar. El don del trabajo es el primer regalo que padres y madres dan a los hijos y a las hijas, es el primer patrimonio de una sociedad. Es la primera dote con la cual los ayudamos a levantar vuelo para desplegar libremente las alas en la vida adulta.  

Quisiera subrayar dos desafíos epocales que hoy debe afrontar el movimiento sindical, y vencerlos, si es que quiere continuar desarrollando su rol esencial para el bien común.  

El primero es la profecía, y se refiere a la naturaleza misma del sindicato, a su vocación más verdadera. El sindicato es expresión del perfil profético de la sociedad. El sindicato nace y renace toda vez que, como los profetas bíblicos, da voz a quien no la tiene, denuncia que el pobre es ‘vendido por un par de sandalias’  (cfr Amós 2,6), desenmascara a los poderosos que pisotean los derechos de los trabajadores más frágiles, defiende la causa del extranjero, de los últimos, de los ‘descartados’. Tal como demuestra la gran tradición de la CISL, el movimiento sindical tiene sus grandes períodos cuando es profecía. Pero en nuestras sociedades capitalistas de avanzada, el sindicato corre el riesgo de perder esta naturaleza profética suya, y de volverse demasiado similar a las instituciones y a los poderes que, por el contrario, debiera criticar. El sindicato, con el correr del tiempo, ha terminado por parecerse demasiado a la política, o mejor dicho, a los partidos políticos, a su lenguaje, a su estilo. En efecto, cuando falta esta dimensión distinta que le es típica, incluso la acción desarrollada dentro de las empresas pierde fuerza y eficacia.

Segundo desafío: la innovación. Los profetas son centinelas, que patrullan desde su puesto de vigía. El sindicato también debe velar sobre los muros de la ciudad del trabajo, como un centinela que cuida y protege a quien está dentro de la ciudad del trabajo, pero que también mira y protege a quien está fuera de los muros. El sindicato no desarrolla su función esencial de innovación social si solamente vela por quienes están dentro, si sólo protege los derechos de quien ya trabaja o está jubilado.  Esto debe ser hecho, pero conforma la mitad de vuestro trabajo. Vuestra vocación también es proteger a quien todavía no tiene derechos, a quienes están excluidos del trabajo, que también son excluidos de los derechos y de la democracia.

El capitalismo de nuestro tiempo no comprende el valor del sindicato, porque ha olvidado la naturaleza social de la economía, de la empresa, de la vida, de los vínculos y de los pactos.  Puede que nuestra sociedad no entienda el sindicato porque no lo ve luchar lo suficiente en los lugares de los “derechos por conseguir”: en las periferias existenciales, entre quienes han sido descartados del trabajo, entre los inmigrantes, los pobres, que están bajo los muros de la ciudad; o bien puede que no lo entienda simplemente porque a veces la corrupción ha entrado en el corazón de algunos sindicalistas. No se dejen bloquear por esto”.   

“No hay sociedad buena, si no tiene un buen sindicato, y no hay sindicato bueno que no renazca cada día en las periferias, que no transforme las piedras descartadas por la economía en piedras angulares. Sindicato es una palabra bella, que proviene del griego syn-dike, es decir, ‘justicia juntos’. No hay justicia juntos si no es junto a los excluidos”.  

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