30/11/2019, 15.17
VATICANO
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Papa: el evangelizador es como un ángel guardián, un mensajero de bondad

"La alegría del Evangelio -dijo Francisco- brota del encuentro con Jesús. Es cuando nos encontramos con el Señor que nos inundamos de ese amor del que sólo Él es capaz". "Porque en ese momento la necesidad de proclamarlo surge espontáneamente y se vuelve irrefrenable. Así comenzó la evangelización, en la mañana de Pascua, con una mujer, María Magdalena que, después de haber encontrado a Jesús resucitado, el Viviente, evangelizó a los Apóstoles".

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) - Los que proclaman el Evangelio "son como ángeles guardianes, mensajeros del bien que no dan respuestas inmediatas, sino que comparten la pregunta de la vida, la misma que Jesús dirigió a María llamándola por su nombre: "¿A quién buscas? (Jn 20,15). A quién buscas, y no qué buscas, porque las cosas no bastan para vivir; para vivir necesitas al Dios del amor".

El anuncio del Evangelio fue el tema central del discurso que el Papa Francisco pronunció esta mañana, dirigiéndose a los participantes en el encuentro internacional "La Iglesia en salida. Acogida y perspectivas de la Evangelii Gaudium", promovida por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

"La alegría del Evangelio -dijo Francisco- brota del encuentro con Jesús. Es cuando nos encontramos con el Señor que nos inundamos de ese amor del que sólo Él es capaz". "Porque en ese momento la necesidad de proclamarlo surge espontáneamente y se vuelve irrefrenable. Así comenzó la evangelización, en la mañana de Pascua, con una mujer, María Magdalena que, después de haber encontrado a Jesús resucitado, el Viviente, evangelizó a los Apóstoles".

"La experiencia de tantas personas en nuestros dìas no está lejos de la de María Magdalena. La nostalgia de Dios, de un amor infinito y verdadero, está enraizada en el corazón de cada hombre. Necesitamos a alguien que nos ayude a revivirlo. Necesitamos ángeles que, como lo fue para María Magdalena, traigan buenos anuncios: ángeles encarnados y osados que se reúnen para secarse las lágrimas, para decir en el nombre de Jesús: "¡No tengáis miedo! (cf. Mt 28,5)" y renuevan su pregunta "¿A quién buscas? "A quién buscas, no lo que buscas, porque las cosas no bastan para vivir; para vivir necesitas al Dios del amor. Y si con este amor suyo pudiéramos mirar en el corazón de las personas que, por la indiferencia que respiramos y el consumismo que nos aplana, pasan a menudo ante nosotros como si nada estuviera mal, podríamos ver ante todo la necesidad de este Quien, la búsqueda de un amor que dure para siempre, la cuestión del sentido de la vida, del dolor, de la traición, de la soledad".

"Son ansiedades frente a las cuales no bastan las recetas y los preceptos; es necesario caminar juntos, ser compañeros de viaje. Los que evangelizan, de hecho, no pueden olvidar nunca que siempre están en camino, buscando junto con los demás. Por lo tanto, no pueden dejar a nadie atrás, no pueden permitirse el lujo de mantener a los que luchan a distancia, no pueden encerrarse en su pequeño grupo de relaciones cómodas. Quienes anuncian no buscan huir del mundo, porque su Señor amó tanto al mundo que se entregó, no para condenar, sino para salvar al mundo (cf. Jn 3, 16-17). Quienes anuncian hacen suyo el deseo de Dios, los que quieren a quienes están lejos. No conoce enemigos, sólo compañeros de viaje. No es un maestro, sabe que la búsqueda de Dios es común y debe ser compartida, que la cercanía de Jesús nunca se niega a nadie".

"Queridos hermanos y hermanas, no nos detengamos en el miedo a equivocarnos y el temor a seguir nuevos caminos. No hay prioridades que poner antes de la proclamación de la Resurrección, antes del kerigma de la esperanza. Nuestras pobrezas no son obstáculos, sino instrumentos preciosos, porque la gracia de Dios ama manifestarse en la debilidad (cf. 2 Co 12, 9). Necesitamos confirmarnos en una certeza interior, en la "convicción de que Dios puede actuar en toda circunstancia, incluso en medio de aparentes fracasos" (ibid., 279). Debemos creer verdaderamente que Dios es amor y que, por lo tanto, no se pierde ninguna obra hecha con amor, ninguna preocupación sincera por los demás, ningún acto de amor a Dios, ningún esfuerzo generoso, ninguna paciencia dolorosa (cfr.  ibid.). Para difundir el mensaje, debemos ser sencillos y ágiles como en los Evangelios de Pascua: como María, que no puede esperar para decir a sus discípulos: "¡He visto al Señor! (Jn 20,18); como los Apóstoles, que corren al sepulcro (cf. Jn 20,4); como Pedro, que se zambulle de la barca hacia Jesús (cfr. Jn 21,8). Necesitamos una Iglesia libre y sencilla, que no piense en el retorno de la imagen, de las comodidades y de las entradas, sino en la salida".

"No nos dejemos entristecer por las cosas que no van bien, por los trabajos, por las incomprensiones: son pequeñas cosas frente a la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús Señor nuestro' (cfr. Flp 3,8). No nos dejemos contagiar por el derrotismo según el cual todo sale mal: no es el pensamiento de Dios. Para no robarnos el entusiasmo del Evangelio, invoquemos cada día a su autor, el Espíritu Santo, el Espíritu de la alegría que mantiene vivo el ardor misionero, que hace de la vida una historia de amor con Dios, que nos invita a atraer al mundo sólo con amor, y a descubrir que la vida sólo se puede poseer dándola".

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