29/06/2019, 13.36
VATICANO
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Papa: Pedro y Pablo, testigos de vida, de perdón, de Jesús

En la solemnidad de los dos apóstoles, patronos de la ciudad de Roma, el Papa Francisco bendijo 31 palios para ser entregados a los arzobispos y metropolitanos ordenados este año. Entre ellos, figuran los arzobispos de Cotabato (Filipinas), Hà Nôi (Vietnam), Nagpur (India), Medan (Indonesia), Mandalay (Myanmar). Los dos apóstoles no tuvieron vidas “cristalinas y lineales”, porque “el Señor no hace milagros con quien se cree justo, sino con quien se reconoce necesitado”. “Testigo no es quien conoce la historia de Jesús, sino quien vive una historia de amor con Jesús”. “Cristo. ¡Pablo repite este nombre una y otra vez, casi cuatrocientas veces en sus cartas!”. “Pidamos la gracia de no ser cristianos tibios, que viven a medias, que dejan enfriar el amor”.  

 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – “Los apóstoles Pedro y Pablo están ante nosotros como testigos”. Ellos son “testigos de vida, testigos del perdón y testigos de Jesús”. De esta manera, el Papa Francisco comenzó su homilía en la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, patronos de la ciudad. Para la ocasión, en la ceremonia celebrada esta mañana en la Basílica de San Pedro, estuvo presente, como ya es tradición, una delegación del Patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, reforzando los lazos entre la Iglesia católica y ortodoxa, que ayer fue recibida por el pontífice en una audiencia

En este día, el Papa bendice los palios destinados a los arzobispos metropolitanos designados a lo largo del año, símbolo del Buen Pastor y de la comunión con el pontífice. Los palios fueron colocados anoche delante de la Confesión del Apóstol Pedro, sobre el altar donde el pontífice celebró la misa. Entre los arzobispos provenientes de todo el mundo también estuvieron presentes algunos de Asia: Mons. Angelito R. Lampon, OMI, arzobispo de Cotabato (Filipinas); Mons. Joseph Vu Van Thien, arzobispo de Hà Nôi (Vietnam); Mons. Elias Joseph Gonsalves, arzobispo de Nagpur (India); Mons. Kornelius Sipayung, OFM cap., arzobispo de Medan (Indonesia); Mons. Mark Tin Win, arzobispo de Mandalay (Myanmar).

En la homilía, Francisco puso de relieve que, ante todo, los dos apóstoles no tuvieron vidas “cristalinas y lineales”; “cometieron grandes equivocaciones: Pedro llegó a negar al Señor, Pablo persiguió a la Iglesia de Dios. Ambos fueron puestos al descubierto por las preguntas de Jesús: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,15); «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4).”.

“Hay una gran enseñanza en todo esto - dijo- : el punto de partida de la vida cristiana no está en el ser dignos; con aquellos que se creían buenos, el Señor no pudo hacer mucho. Cuando nos consideramos mejores que los demás, es el principio del fin. Porque el Señor no hace milagros con quien se cree justo, sino con quien se reconoce necesitado. Él no se siente atraído por nuestra capacidad, no es por esto que nos ama. Él nos ama como somos y busca personas que no sean autosuficientes, sino que estén dispuestas a abrirle sus corazones (...) [Pedro y Pablo] comprendieron que la santidad no consiste en enaltecerse, sino en abajarse, no se trata de un ascenso en la clasificación, sino de confiar cada día la propia pobreza al Señor, que hace grandes cosas con los humildes.”

Pedro y  Pablo son “testigos del perdón”. “En sus caídas, descubrieron el poder de la misericordia del Señor, que los regeneró. En su perdón encontraron una paz y una alegría irreprimibles. Con todo el desastre que habían realizado, habrían podido vivir con sentimientos de culpa: ¡Cuántas veces habrá pensado Pedro en su negación! ¡Cuántos escrúpulos tendría Pablo, por el daño que había hecho a tantas personas inocentes! Humanamente habían fallado; pero sin embargo se encontraron con un amor más grande que sus fracasos, con un perdón tan fuerte como para curar sus sentimientos de culpa. Sólo cuando experimentamos el perdón de Dios renacemos de verdad. Es el perdón el que nos permite comenzar de nuevo; allí nos encontramos con nosotros mismos: en la confesión de nuestros pecados”.

Pero sobre todo, Pedro y Pablo han sido “testigos de Jesús”. “Jesús no es el pasado, sino el presente y el futuro. No es un personaje lejano para recordar, sino Aquel a quien Pedro tutea: Tú eres el Cristo. Para el testigo, Jesús es más que un personaje histórico, es la persona de la vida: es lo nuevo, no lo ya visto; es la novedad del futuro, no un recuerdo del pasado. Por consiguiente, un testigo no es quien conoce la historia de Jesús, sino el que vive una historia de amor con Jesús. Porque el testigo, después de todo, lo único que anuncia es que Jesús está vivo y es el secreto de la vida. En efecto, vemos que Pedro, después de haber dicho Tú eres el Cristo, agrega: «el Hijo de Dios vivo» (v. 16). El testimonio nace del encuentro con Jesús vivo. También en el centro de la vida de Pablo encontramos la misma palabra que rebosa del corazón de Pedro: Cristo. ¡Pablo repite este nombre una y otra vez, casi cuatrocientas veces en sus cartas! Para él, Cristo no es sólo el modelo, el ejemplo, el punto de referencia, sino la vida. Escribe: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21). Jesús es su presente y su futuro, hasta el punto de que juzga el pasado como basura ante la sublimidad del conocimiento de Cristo (cf. Flp 3,7-8)”.

“Ante estos testigos, preguntémonos: ‘¿Renuevo mi encuentro con Jesús todos los días?’. Es posible que seamos personas que tienen curiosidad por Jesús, que nos interesemos por las cosas de la Iglesia o por las noticias religiosas; que abramos páginas de internet y periódicos, y hablemos de cuestiones sagradas. Pero de esta forma, nos quedamos sólo al nivel de lo que la gente dice, de las encuestas, del pasado, de las estadísticas. A Jesús esto le interesa poco. Él no quiere “reporteros” del espíritu, mucho menos cristianos de fachada o de estadística. Él busca testigos, que le digan cada día: ‘Señor, tú eres mi vida’ ”.

“Pidamos la gracia de no ser cristianos tibios, que viven a medias, que dejan enfriar el amor. Encontremos nuestras raíces en la relación diaria con Jesús y en la fuerza de su perdón. Jesús te, nos pregunta, también a ti, a nosotros, como hizo con Pedro: ‘¿Quién soy yo para ti?’, ‘¿Me amas?’. Dejemos que estas palabras entren en nosotros y enciendan el deseo de no sentirnos nunca satisfechos con lo mínimo, sino de apuntar al máximo, para ser también nosotros testigos vivos de Jesús”.

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