01/04/2018, 12.54
VATICANO
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Papa: La resurrección de Cristo es la verdadera esperanza del mundo, la esperanza que no defrauda

de Papa Francesco

En el Mensaje Urbi et Orbi, el Papa Francisco describe y pide “los frutos” de la resurrección de Jesús, que todavía hoy, obra “en los surcos de la historia”. La oración suplicando “frutos” de esperanza, dignidad, paz, consolación para los prófugos y refugiados, para Siria y el Oriente Medio, para Ucrania, Venezuela, África y Sudán del Sur, en particular.

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – “La resurrección de Cristo es la verdadera esperanza del mundo, aquella que no defrauda”: es el anuncio del Papa Francisco en el día de Pascua, en ocasión de su Mensaje Urbi et Orbi (a Roma y al mundo), que proclamó hoy desde la logia de la basílica de San Pedro, ante decenas de miles de fieles. En la plaza, adornada con flores primaverales multicolores, el pontífice subrayó que “la potencia del amor de Dios, que se liberó” con la resurrección, “también hoy produce fruto en los surcos de nuestra historia, marcada por tantas injusticias y violencias”.

Luego, él enumeró una serie de “frutos” existentes, que fueron suplicados en la oración: “frutos de esperanza y de dignidad” para pobres y refugiados; “frutos de paz para el mundo entero, comenzando por la amada y martirizada Siria”; “frutos de reconciliación” para Tierra Santa, Yemen y el Oriente Medio; “frutos de esperanza” para el continente africano, y en particular, para Sudán del Sur; “frutos de diálogo” para la península coreana. Y aún más: “frutos de paz” para Ucrania; “frutos de consolación” para el pueblo venezolano; “frutos de vida nueva” para niños y ancianos; “frutos de sabiduría… para los que en todo el mundo tienen responsabilidades políticas”. Citando algunas palabras de Juan Pablo II, concluyó: “La muerte, la soledad y el miedo ya no son la última palabra. Hay una palabra que va más allá, y que solo Dios puede pronunciar: es la palabra de la Resurrección”.

Con anterioridad a ello, el Papa celebró la misa de la mañana de Pascua en la plaza de la basílica. En la homilía, que él improvisó en el momento, al referirse al Evangelio (Juan 20, 1-9), propuso tres pistas de reflexión. Ante todo, el anuncio, lleno de sorpresa, de la resurrección.  “Nuestro Dios es un Dios de las sorpresas”- dijo. La segunda pista es “la prisa” mostrada por las mujeres, por los discípulos: “Las buenas noticias se difunden así: con prisa”. El tercer camino es “una pregunta: ¿y yo? ¿Estoy abierto a las sorpresas de Dios? ¿Soy capaz de ir de prisa o lo postergo para mañana? Juan y Pedro fueron corriendo al sepulcro... Y [se dice, de cada uno de ellos, que] creyeron. ¿Y yo?”.

A continuación, transcribimos el texto completo del Mensaje Urbi et Orbi de hoy:

 

Queridos hermanos y hermanas:

¡Feliz Pascua!

Jesús ha resucitado de entre los muertos.

Junto con el canto del aleluya, resuena en la Iglesia y en todo el mundo, este mensaje: Jesús es el Señor, el Padre lo ha resucitado y él vive para siempre en medio de nosotros. Jesús mismo había preanunciado su muerte y resurrección con la imagen del grano de trigo. Decía: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Y esto es lo que ha sucedido: Jesús, el grano de trigo sembrado por Dios en los surcos de la tierra, murió víctima del pecado del mundo, permaneció dos días en el sepulcro; pero en su muerte estaba presente toda la potencia del amor de Dios, que se liberó y se manifestó el tercer día, y que hoy celebramos: la Pascua de Cristo Señor.

Nosotros, cristianos, creemos y sabemos que la resurrección de Cristo es la verdadera esperanza del mundo, aquella que no defrauda. Es la fuerza del grano de trigo, del amor que se humilla y se da hasta el final, y que renueva realmente el mundo. También hoy esta fuerza produce fruto en los surcos de nuestra historia, marcada por tantas injusticias y violencias. Trae frutos de esperanza y dignidad donde hay miseria y exclusión, donde hay hambre y falta trabajo, a los prófugos y refugiados —tantas veces rechazados por la cultura actual del descarte—, a las víctimas del narcotráfico, de la trata de personas y de las distintas formas de esclavitud de nuestro tiempo. Y, hoy, nosotros pedimos frutos de paz para el mundo entero, comenzando por la amada y martirizada Siria, cuya población está extenuada por una guerra que no tiene fin. Que la luz de Cristo resucitado ilumine en esta Pascua las conciencias de todos los responsables políticos y militares, para que se ponga fin inmediatamente al exterminio que se está llevando a cabo, se respete el derecho humanitario y se proceda a facilitar el acceso a las ayudas que estos hermanos y hermanas nuestros necesitan urgentemente, asegurando al mismo tiempo las condiciones adecuadas para el regreso de los desplazados.

Invocamos frutos de reconciliación para Tierra Santa, que en estos días también está siendo golpeada por conflictos abiertos que no respetan a los indefensos, para Yemen y para todo el Oriente Próximo, para que el diálogo y el respeto mutuo prevalezcan sobre las divisiones y la violencia. Que nuestros hermanos en Cristo, que sufren frecuentemente abusos y persecuciones, puedan ser testigos luminosos del Resucitado y de la victoria del bien sobre el mal. Suplicamos en este día frutos de esperanza para cuantos anhelan una vida más digna, sobre todo en aquellas regiones del continente africano que sufren por el hambre, por conflictos endémicos y el terrorismo. Que la paz del Resucitado sane las heridas en Sudán del Sur y en la atormentada República Democrática del Congo: abra los corazones al diálogo y a la comprensión mutua. No olvidemos a las víctimas de ese conflicto, especialmente a los niños. Que nunca falte la solidaridad para las numerosas personas obligadas a abandonar sus tierras y privadas del mínimo necesario para vivir.

Imploramos frutos de diálogo para la península coreana, para que las conversaciones en curso promuevan la armonía y la pacificación de la región. Que los que tienen responsabilidades  directas actúen con sabiduría y discernimiento para promover el bien del pueblo coreano y construir relaciones de confianza en el seno de la comunidad internacional.

Pedimos frutos de paz para Ucrania, para que se fortalezcan los pasos en favor de la concordia y se faciliten las iniciativas humanitarias que necesita la población. Suplicamos frutos de consolación para el pueblo venezolano, el cual —como han escrito sus Pastores— vive en una especie de «tierra extranjera» en su propio país. Para que, por la fuerza de la resurrección del Señor Jesús, encuentre la vía justa, pacífica y humana para salir cuanto antes de la crisis política y humanitaria que lo oprime, y no falten la acogida y asistencia a cuantos entre sus hijos están obligados a abandonar su patria.

Traiga Cristo Resucitado frutos de vida nueva para los niños que, a causa de las guerras y el hambre, crecen sin esperanza, carentes de educación y de asistencia sanitaria; y también para los ancianos desechados por la cultura egoísta, que descarta a quien no es «productivo». Invocamos frutos de sabiduría para los que en todo el mundo tienen responsabilidades políticas, para que respeten siempre la dignidad humana, se esfuercen con dedicación al servicio del bien común y garanticen el desarrollo y la seguridad a los propios ciudadanos.

Queridos hermanos y hermanas: también a nosotros, como a las mujeres que acudieron al sepulcro, van dirigidas estas palabras: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado» (Lc 24,5-6). La muerte, la soledad y el miedo ya no son la última palabra. Hay una palabra que va más allá y que solo Dios puede pronunciar: es la palabra de la Resurrección (cf. Juan Pablo II, Palabras al término del Vía Crucis, 18 abril 2003). Ella, con la fuerza del amor de Dios, «ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos» (Pregón pascual).

¡Feliz Pascua a todos!

 

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