02/06/2020, 18.03
VATICANO
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Papa: La Jornada misionera mundial en el año de la pandemia

El Mensaje para la JMM, que en Italia se celebrará el 18 de octubre, lleva por título la respuesta del profeta Isaías: “Estoy aquí, mándame”. “Es Cristo que hace salir a la Iglesia de sí mismo”. La respuesta personal. “La enfermedad, el sufrimiento, El miedo, el aislamiento…, la pobreza”, la desocupación que se están difundiendo con la epidemia del coronavirus “nos interpelan”.

 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – El Mensaje para la JMM, que en Italia se celebrará el 18 de octubre, apoya sobre 2 pilares. El primero es la respuesta que el profeta Isaías dá a Jahvé cuando Este le pregunta: “¿A quién mandaré?”  Isaías responde “Estoy aquí, mándame” (Is 6,8).

El segundo pilar es la situación mundial afectada por la pandemia, en la cual se necesita “Entender qué nos está diciendo en estos tiempos de pandemia” porque esto “se vuelve un desafío también para la misión de la Iglesia”. 

El Mensaje, que lleva la fecha de Pentecostés, el 31 de mayo de 2020, lleva por título la respuesta del profeta Isaías: “Estoy aquí, mándame”. Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial”.

“Estamos realmente asustados, desorientados y atemorizados. El dolor y la muerte nos hacen experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal. En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo”.

Naturalmente, “Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34; 6,38; 8,12-30; Hb 10,5-10). A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos”.

“«La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae»,

La Iglesia por lo tanto es continuación de Cristo: “La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para el mundo, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía por doquier para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda tocar y transformar corazones, mentes, cuerpos, sociedades y culturas, en todo lugar y tiempo”.

La misión es “es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia”.

Para ayudar a una respuesta personal el pontífice elenca un serie de preguntas: “¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días? ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones (cf. Lc 1,38)? Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: “Aquí estoy, Señor, mándame” (cf. Is 6,8)”. 

La respuesta sugiere Francisco debe suceder “en el hoy de la Iglesia y de la historia”. Por esto es importante preguntarse: “Qué nos está diciendo Dios en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios”.

“Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación. La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo. En este contexto, la pregunta que Dios hace: «¿A quién voy a enviar?», se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: «¡Aquí estoy, mándame!» (Is 6,8)”.

Como conclusión, el Papa exhorta a contribuir a la misión de la Iglesia con la oración, la reflexión y la ayuda material: “La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos”.

El Mensaje se concluye con una invocación a María: “ Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos”.

Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, Solemnidad de Pentecostés.

Para el texto completo del Mensaje, v. aquí.

 

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