28/07/2016, 13.50
POLONIA - VATICANO
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Papa: “Dios nos salva haciéndose pequeño, cercano y concreto”

Francisco se encuentra en Jasna Gora para celebrar los 1050 años del “Bautismo” de Polonia. “Ser atraídos por el poder, por la grandeza y por la visibilidad es algo trágicamente humano, y es una gran tentación que busca infiltrarse por doquier; en cambio, donarse a los demás, cancelando distancias, viviendo en la pequeñez y colmando concretamente la cotidianidad, esto es exquisitamente divino”.

Częstochowa (AsiaNews) – “Dios nos salva haciéndose pequeño, cercano y concreto”, tal como ha sido históricamente para Polonia, que en los 1050 años transcurridos desde su “Bautismo, “ha superado, en la unidad, tantos momentos duros”, acompañado por la Virgen de Jasna Gora. Hay cientos de miles de personas en la gran explanada ubicada frente al monasterio donde se conserva la imagen de la Virgen Negra, adonde el Papa Francisco llegó hoy hacia las 9.30 (hora local) para celebrar la misa por el aniversario del “Bautismo”.

Para Polonia, Jasna Gora no es solamente un centro del culto mariano, lugar donde se dirigían los reyes polacos luego de su coronación y donde cada año acuden cuatro millones de peregrinos.  Es la fortaleza contra cuyos muros se abatió, en 1655, la invasión de los suecos (“las langostas”, en la tradición popular) y, en los años siguientes, fueron frenados los ejércitos ruso y austríaco. Y la Virgen Negra es el ícono, que se dice fue pintado por San Lucas, por el cual el entonces primado Card. Stefan Wyszyński organizó, en 1956, una “peregrinación” en todas las diócesis polacas, que fue frenada por las preocupadísimas autoridades comunistas, que “arrestaron” la imagen. A la “Reina de Polonia” Pablo VI intentó inútilmente ofrecer una rosa de oro –el gobierno le negó el ingreso- que finalmente le fue llevada por Juan Pablo II,  junto a la faja empapada en sangre,  aquella que llevaba el 13 de mayo de 1981, cuando fue herido por Ali Agca.

Es por eso que hoy, concelebrando con Francisco, están todos los obispos de Polonia y miles de sacerdotes, y también se encuentran presentes las autoridades del país, empezando por el presidente Andrzej Duda.

Llegado a Częstochowa en automóvil –estaba previsto el traslado en helicóptero, pero el mismo fue impedido por la niebla- Francisco se dirigió al monasterio, y allí, en la capilla que conserva a la Virgen Negra, a la cual llevó una rosa de oro, se recogió en oración ante su imagen.   

Luego de salir a la terraza del santuario, el Papa –que tropezó en las escaleras delante del altar- durante la misa, centró su homilía en la salvación “que atraviesa delicadamente la historia” y  “contrariamente a lo que cabría esperar y quizás desearíamos, el Reino de Dios, ahora como entonces, «no viene con ostentación» (Lc 17,20), sino que viene en la pequeñez, en la humildad”.

“Así sucede en «el primero de los signos cumplidos por Jesús» (v. 11) en Caná de Galilea. No ha sido un gesto asombroso realizado ante la multitud, ni siquiera una intervención que resuelve una cuestión política apremiante, como el sometimiento del pueblo al dominio romano. Se produce más bien un milagro sencillo en un pequeño pueblo, que alegra las nupcias de una joven familia, totalmente anónima. Sin embargo, el agua trasformada en vino en la fiesta de la boda es un gran signo, porque nos revela el rostro esponsalicio de Dios, de un Dios que se sienta a la mesa con nosotros, que sueña y establece comunión con nosotros. Nos dice que el Señor no mantiene las distancias, sino que es cercano y concreto, que está en medio de nosotros y cuida de nosotros, sin decidir por nosotros y sin ocuparse de cuestiones de poder. Prefiere instalarse en lo pequeño, al contrario del hombre, que tiende a querer algo cada vez más grande. Ser atraídos por el poder, por la grandeza y por la visibilidad es algo trágicamente humano, y es una gran tentación que busca infiltrarse por doquier; en cambio, donarse a los demás, cancelando distancias, viviendo en la pequeñez y colmando concretamente la cotidianidad, esto es exquisitamente divino.

“Dios nos salva haciéndose pequeño, cercano y concreto. Ante todo, Dios se hace pequeño. El Señor, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), prefiere a los pequeños, a los que se ha revelado el Reino de Dios (Mt 11,25); estos son grandes ante sus ojos, y a ellos dirige su mirada (cf. Is 66,2). Los prefiere, porque se oponen a la «soberbia de la vida», que procede del mundo (cf. 1 Jn 2,16). Los pequeños hablan su mismo idioma: el amor humilde que hace libres. Por eso llama a personas sencillas y disponibles para ser sus portavoces, y les confía la revelación de su nombre y los secretos de su corazón. Pensemos en tantos hijos e hijas de vuestro pueblo: en los mártires, que han hecho resplandecer la fuerza inerme del Evangelio; en las personas sencillas y también extraordinarias que han sabido dar testimonio del amor del Señor en medio de grandes pruebas; en los anunciadores mansos y fuertes de la misericordia, como San Juan Pablo II y Santa Faustina. A través de estos «canales» de su amor, el Señor ha hecho llegar dones inestimables a toda la Iglesia y a toda la humanidad. Y es significativo que este aniversario del Bautismo de vuestro pueblo coincida precisamente con el Jubileo de la Misericordia”.

“Además, Dios es cercano, su Reino está cerca (cf. Mc 1,15): el Señor no desea que lo teman como a un soberano poderoso y distante, no quiere quedarse en un trono en el cielo o en los libros de historia, sino que quiere sumirse en nuestros avatares de cada día para caminar con nosotros. Pensando en el don de un milenio abundante de fe, es bello sobre todo agradecer a Dios, que ha caminado con vuestro pueblo, llevándolo de la mano – como un papá con su niño - y acompañándolo en tantas situaciones. Es lo que siempre estamos llamados a hacer, también como Iglesia: escuchar, comprometernos y hacernos cercanos, compartiendo las alegrías y las fatigas de la gente, de manera que se transmita el Evangelio de la manera más coherente y que produce mayor fruto: por irradiación positiva, a través de la transparencia de vida. Por último, Dios es concreto. De las Lecturas de hoy se desprende que todo es concreto en el actuar de Dios: la Sabiduría divina «obra como artífice» y «juega» con el mundo (cf. Pr 8,30); el Verbo se hace carne, nace de una madre, nace bajo la ley (cf. Ga 4,4), tiene amigos y participa en una fiesta: el eterno se comunica pasando el tiempo con personas y en situaciones concretas. También vuestra historia, impregnada de Evangelio, cruz y fidelidad a la Iglesia, ha visto el contagio positivo de una fe genuina, trasmitida de familia en familia, de padre a hijo, y sobre todo por las madres y las abuelas, a quienes hay mucho que agradecer. De modo particular, habéis podido experimentar en carne propia la ternura concreta y providente de la Madre de todos, a quien he venido aquí a venerar como peregrino, y a quien hemos saludado en el Salmo como «honor de nuestro pueblo» (Jdt 15,9)”.

 “En Caná, como aquí en Jasna Góra, María nos ofrece su cercanía, y nos ayuda a descubrir lo que falta a la plenitud de la vida. Ahora como entonces, lo hace con cuidado de Madre, con la presencia y el buen consejo; enseñándonos a evitar “decisionismos” y murmuraciones en nuestras comunidades. Como Madre de familia, nos quiere proteger a todos juntos, a todos juntos. En su camino, vuestro pueblo ha superado en la unidad muchos momentos duros. Que la Madre, firme al pie de la cruz y perseverante en la oración con los discípulos en espera del Espíritu Santo, infunda el deseo de ir más allá de los errores y las heridas del pasado, y de crear comunión con todos, sin ceder jamás a la tentación de aislarse e imponerse. La Virgen demostró en Caná mucha concreción: es una Madre que toma en serio los problemas e interviene, que sabe detectar los momentos difíciles y solventarlos con discreción, eficacia y determinación. No es dueña ni protagonista, sino Madre y sierva. Pidamos la gracia de hacer nuestra su sencillez, su fantasía en servir al necesitado, la belleza de dar la vida por los demás, sin preferencias ni distinciones. Que ella, causa de nuestra alegría, que lleva la paz en medio de la abundancia del pecado y de los sobresaltos de la historia, nos alcance la sobreabundancia del Espíritu, para ser siervos buenos y fieles”. (FP)

 

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