19/07/2017, 10.38
ARABIA SAUDITA - GOLFO
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El plan hegemónico de Riad en la crisis del mundo sunita

de Luca Galantini

Control del precio del petróleo, diversificación de la economía, liderazgo en Oriente Medio. Esto explica las tensiones que rigen con Qatar, Turquía e Irán, además de con los Estados Unidos, Omán y Kuwait. La guerra en Yemen y el desprecio de la ONU. Dos modelos de islam: el wahabismo y la Hermandad Musulmana. 

Milán (AsiaNews) – Una serie de cambios radicales, profundos, está en curso a nivel político, de gobierno, en Arabia Saudita. En los últimos meses, la monarquía saudita se ha vuelto protagonista a nivel internacional a través de “fuertes” iniciativas políticas, las cuales, sin dificultad alguna, los analistas leen como signo de una misma trama, en la cual Arabia Saudita aspira a asumir un liderazgo incontrastable a nivel político, económico y militar, y esto no sólo en el mundo árabe islámico de credo sunita, sino también y sobre todo, en el tablero geopolítico medio-oriental.   

El desempeño en la sangrienta guerra en Yemen, prestando apoyo al clan de los sunitas; el estratégico acuerdo que acaba de concluirse con la presidencia de Trump, para la adquisición de una cantidad colosal de equipamiento militar a lo largo de una década; la condena conjunta del soberano Salman y del presidente Trump a nivel diplomático del Irán chiita como presunto artífice demoníaco del terrorismo internacional; pero quizás más que cualquier otra cosa, la tremenda crisis diplomática con el pequeño, pero riquísimo emirato sunita Qatar, han puesto a dura prueba  la ya precaria estabilidad del Golfo árabe, que en los dos decenios que siguieron a la agresión de Saddam Hussein al emirato del Kuwait había logrado mantenerse indemne de las terribles guerras que devastan el Oriente Medio.

Hoy, más que nunca, el Consejo de Cooperación del Golfo, la organización internacional que reúne bajo un tratado a las diversas monarquías, emiratos, y poderosos soberanos de los Estados del Golfo, se encuentra dividido y en abierta crisis, tras las agresivas, musculosas, e incluso amenazantes jugadas diplomáticas de Riad y de sus aliados, los Emiratos Árabes Unidos –Abu Dabi y Dubái-  Bahréin, Egipto en relación a Qatar, emirato sunita bastante poco dispuesto a someterse a la política de potencia de la monarquía wahabita de Riad, prefiriendo estar atento a un diálogo más articulado con el gobierno chiita de Teherán y con las doctrinas políticas islámicas contrapuestas al wahabismo, como por ejemplo la Hermandad Musulmana.

Para completar el panorama de esta compleja situación, considérese el recientísimo nombramiento del nuevo príncipe heredero al trono de Arabia Saudita, efectuado por el rey Salman, [cediendo la sucesión del trono a] Mohammad bin Salman (v. foto), cuyas posiciones de halcón anti-chiita y de convencido sostenedor del rol de liderazgo que la monarquía wahabita de Riad se propone cumplir en el mundo sunita, son bien conocidas para los observadores internacionales.

¿Pero, en verdad, qué es lo que está sucediendo en el seno del mundo árabe sunita, coagulado en torno a las riquísimas monarquías del Golfo Árabe?  

Arabia Saudita –al igual que otros Estados que ya han asumido un rol económico financiero hegemónico a nivel internacional, como es el caso de la India y de China- está elaborando una estrategia política que apunta a que ella asuma un rol de global player, incluso a nivel mundial, en el sector de las materias primas energéticas petrolíferas. Una prueba concreta de ello la brinda el proyecto Vision 2030, un muy ambicioso plan económico, financiero y político, con el cual la monarquía wahabita tiene intenciones de diversificar su economía en el campo internacional, para asumir el papel de árbitro del sector petrolífero, compitiendo cuando no estando incluso en conflicto con otros players: EEUU, los países de la OPEC y sobre todo el Irán chiita, que aspira a hacer su retorno al escenario del comercio internacional de productos petrolíferos.  

Para alcanzar este objetivo, la monarquía del rey Salman tiene necesidad de un sólido sistema de alianzas regionales políticas con los países limítrofes, y el adhesivo con el cual sellar dichas alianzas es la ideología islámica wahabita. Tal como ha eficazmente resaltado Charles Kupchan, un analista politólogo liberal de los EEUU, en el Oriente Medio los países otrora emergentes ya han conquistado una autonomía económico-financiera, y por esta razón, ya no tienen intenciones de seguir modelos de alianza con las democracias occidentales, sino que pretenden desarrollar una autonomía geopolítica en la cual el sistema de las alianzas regionales (y de conflictos regionales), tristemente, suplante el rol de la ONU a nivel de cooperación diplomática internacional.

Es precisamente eso lo que está sucediendo en el seno del mundo árabe sunita: las iniciativas de la monarquía saudita han detonado una especie de efecto dominó, una reacción en cadena de parte de aquellos Estados islámicos sunitas que no comparten la doctrina wahabita del ejercicio del poder político en el mundo islámico.

Asumiendo el contorno político ideal de concepción del Estado, el mundo islámico sunita hoy se contrapone entre los sostenedores de la rigurosa e híper-tradicionalista doctrina wahabita encarnada por excelencia por la monarquía saudita –cuyas directrices en verdad también han sido asumidas como modelo ideal por parte del criminal régimen político del califato del ISIS-, y los seguidores de la Hermandad Musulmana, la doctrina política maximalista comunitaria islámica nacida en Egipto y desarrollada en muchos Estados del Oriente Medio.  

El añoso conflicto que contrapone estas dos concepciones diferentes en lo que respecta al ejercicio del poder político soberano a través del primado de la religión islámica, se refleja en el modo en que han quedado alineadas en el campo las formaciones, inmediatamente después de producirse la agresión diplomática saudita dirigida contra Qatar.  

La Turquía del autocrático líder Erdogan es el principal aliado del emirato del Qatar: ambos Estados sostienen y encarnan el proyecto de los Hermanos Musulmanes de reforma revolucionaria radical del gobierno político de los países islámicos emprendida con las Primaveras árabes del 2011; el mismo AKP, el partido del presidente Erdogan, es visto por los analistas como la proyección turca de los Hermanos Musulmanes, que apuntan a socavar el terreno de las escleróticas clases políticas de los principados árabes. La poderosa emisora que cubre todas las noticias del mundo árabe, Al Jazeera, fue una de las principales armas de las que se ha valido Qatar para acusar a los regímenes y gobiernos que persiguen a los Hermanos Musulmanes, como es el caso de Egipto, fiel aliado de Riad, y para sostener la estación de las Primaveras árabes guiadas por la Hermandad.   

Por último, no debe subestimarse el hecho de que en el territorio del pequeño emirato del Qatar estén presentes fuerzas armadas turcas, y que tras el ultimátum diplomático que Arabia Saudita y sus aliados enviaran a Qatar, el gobierno de Ankara decidiera el envío de otros 200 militares a Doha, la capital de Qatar: lamentablemente, el temor de que haya un golpe de Estado en el emirato está lejos de ser una hipótesis virtual.  

En este panorama de fuertes claroscuros, Arabia Saudita no parece estar en grado de ganar la partida de manera unilateral: no sólo Turquía e Irán son adversarios políticos no irrelevantes para el proyecto político de Riad, sino que la misma hipótesis de hacer del mundo árabe una “fortaleza” sunita  con la guía wahabita, podría degenerar en un conflicto regional sumamente peligroso.

Asimismo, dentro del mismo Consejo del Golfo hay otros países, como Kuwait y Omán, que observan con temor y aprehensión la idea de un conflicto regional, mientras que la hipótesis más razonable disponible sería la de llegar a un acuerdo a nivel internacional en lo que respecta a las tensiones del mundo árabe, involucrando necesariamente a todos los interlocutores que se mueven en torno a esta riquísima área petrolífera tanto en la escena política, económica y por consiguiente, militar. 

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