17/01/2015, 00.00
FILIPINAS - VATICANO
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El Papa en la tempestad de Tacloban: Tenemos un Señor que llora con nosotros y nos acompaña en la catástrofe

El Papa Francisco celebra la misa con los sobrevivientes del tifón Yolanda (noviembre 2013), que provocó la muerte de más de 6 mil personas. A causa de la tempestad que llegaba, con fuertes vientos y lluvia, celebrantes y fieles se colocaron impermeables de plástico. La visita a Tacloban es el motivo del viaje a Filipinas: "Cuando en Roma vi esta catástrofe, sentí que debía venir aquí". Delante de quien ha perdido todo (familiares, casas, bienes) el Papa confiesa: "No sé qué decirles a ustedes. Pero el Señor sí, sabe qué decirles". Un minuto de silencio y oración. "No estamos solos. Tenemos una Madre, tenemos a Jesús, nuestro hermano mayor. Y tenemos también a tantos hermanos que en el momento de la catástrofe vinieron a ayudarnos".

Tacloban (AsiaNews)- "Tenemos un Señor que es capaz de llorar con nosotros, de acompañarnos en los momentos más difíciles de nuestra vida". Él "fue clavado en la cruz y desde allí no nos abandona". Es el mensaje que el Papa Francisco repitió tantas veces en su homilía improvisada, durante la misa celebrada cerca del aeropuerto de Tocloban, capital de la isla de Leyte, que en noviembre 2013 fue azotada por el ciclón Yolanda-Haiyan, provocando más de 6 mil muertos. Yolanda es el tifón más fuerte hasta ahora registrado en el planeta, que destruyó el 90% de la ciudad de Tacloban y afectó al menos a 11 millones de personas. Si bien haya habido un gran compromiso de la Iglesia y una gran solidaridad, todavía hoy más o menos un millón de personas está aún sin techo propio.

La visita a Tacloban es el motivo de este viaje papal a Filipinas. Francisco lo dice a los presentes en modo confidencial: "Cuando en Roma vi esta catástrofe, sentí el deber que debía venir aquí. Aquel día decidí hacer el viaje para venir a verlos. Estoy aquí para quedarme con ustedes. Un poco tarde, medirán, pero estoy aquí".

Su visita sufrió atrasos, contratiempos, cambios de programa por el aproximarse de la tempestad tropical Amag, con vientos de hasta 130 km hs. Y mucha lluvia. No obstante esto el pontífice pudo celebrar la misa, poniéndose sobre los ornamentos una especie de poncho de plástico liviano, también los celebrantes y los fieles. La lluvia y el viento fuerte no han detenido ni por un poco a los habitantes de la isla, que se  reunieron en decenas de miles en la zona cercana al aeropuerto para participar a la misa.

Visiblemente conmovido, en el momento de la homilía, Francisco dejó de parte el discurso escrito preparado y pidió "permiso" para hablar en español, teniendo con él a "un buen traductor". A continuación la homilía del Papa. ¡Qué consoladoras son las palabras que hemos escuchado! Una vez más, se nos dice que Jesucristo es el Hijo de Dios, nuestro Salvador, nuestro Sumo Sacerdote que nos trae la misericordia, la gracia y la ayuda en nuestras necesidades (cf. Hb4,14-16). Él sana nuestras heridas, perdona nuestros pecados y nos llama, como a san Mateo (cf. Mc 2,14), para que seamos sus discípulos. Lo bendecimos por su amor, su misericordia y su compasión. Alabado sea Dios.

Doy gracias al Señor Jesús que nos ha permitido reunirnos aquí esta mañana. He venido para estar con vosotros, en esta ciudad que fue devastada por el tifón Yolanda hace catorce meses. Les traigo el amor de un padre, la oración de toda la Iglesia, la promesa de que no nos olvidamos de vosotros, que seguís reconstruyendo. Aquí, la tormenta más fuerte jamás registrada en la tierra fue superada por la fuerza más poderosa del universo: el amor de Dios. En esta mañana, queremos dar testimonio de aquel amor, de su poder para transformar muerte y destrucción en vida y comunidad. La resurrección de Cristo, que celebramos en esta Misa, es nuestra esperanza y una realidad que experimentamos también ahora. Sabemos que la resurrección viene sólo después de la cruz, la cruz que habéis llevado con fe, dignidad y la fuerza que viene de Dios.

Nos reunimos sobre todo para orar por aquellos que han muerto, por los que siguen desaparecidos y por los heridos. Encomendamos a Dios las almas de los difuntos, nuestras madres, padres, hijos e hijas, familiares, amigos y vecinos. Tenemos la confianza de que, en la presencia de Dios, encontrarán misericordia y paz (cf. Hb 4,16). Su ausencia causa una gran tristeza. Para vosotros que los conocíais y amabais -y todavía los amáis-, el dolor por su pérdida es grande. Pero miremos con ojos de fe hacia el futuro. Nuestra tristeza es una semilla que algún día dará como fruto la alegría que el Señor ha prometido a los que confían en sus palabras: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,5).

Nos hemos reunido esta mañana también para dar gracias a Dios por su ayuda en los momentos de necesidad. Él ha sido vuestro apoyo en estos meses tan difíciles. Se han perdido muchas vidas, ha habido sufrimiento y destrucción. Y, a pesar de todo, nos reunimos para darle gracias. Sabemos que él cuida de nosotros, que en Jesús su Hijo, tenemos un Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nosotros (cf. Hb 4,15), que sufre con nosotros. La com-pasión de Dios, su sufrimiento con nosotros, le da sentido y valor eterno a nuestras luchas. Vuestro deseo de darle las gracias por todos los bienes recibidos, aun cuando se ha perdido tanto, no indica sólo el triunfo de la resistencia y la fortaleza del pueblo filipino, sino también un signo de la bondad de Dios, de su cercanía, su ternura, su poder salvador.

También damos gracias a Dios Todopoderoso por todo lo que se ha hecho, en estos meses de una emergencia sin precedentes, para ayudar, reconstruir y auxiliar. Pienso, en primer lugar, en aquellos que acogieron y alojaron al gran número de familias desplazadas, ancianos y jóvenes. ¡Qué difícil es abandonar el propio hogar y modo de vida! Damos las gracias a aquellos que han cuidado a las personas sin hogar, los huérfanos y los indigentes. Los sacerdotes y los religiosos y religiosas hicieron todo lo que pudieron. Mi agradecimiento para todos aquellos que habéis alojado y alimentado a los que buscaban refugio en las iglesias, conventos, casas parroquiales, y que seguís ayudando a los que todavía lo necesitan. Vosotros acreditáis a la Iglesia. Sois el orgullo de vuestra nación. Os doy las gracias a cada uno personalmente. Cuanto hicisteis por el más pequeño de los hermanos y hermanas de Cristo, lo hicisteis por él (cf. Mt 25,41).

En esta Misa queremos también dar gracias a Dios por los hombres y mujeres de bien que llevaron a cabo las operaciones de rescate y socorro. Damos gracias por tantas personas que en todo el mundo dieron generosamente su tiempo, su dinero y sus recursos. Países, organizaciones y personas individuales en todo el mundo pusieron a los necesitados en primer lugar; es un ejemplo a seguir. Pido a los líderes de los gobiernos, a los organismos internacionales, a los benefactores y a las personas de buena voluntad que no cejen en su empeño. Es mucho lo que queda por hacer. Aunque ya no estén en los titulares de prensa, las necesidades continúan.

La primera lectura de hoy, tomada de la Carta a los Hebreos, nos insta a ser firmes en nuestra fe, a perseverar, a acercarnos con confianza al trono de la gracia de Dios (cf. Hb 4,16). Estas palabras tienen una resonancia especial en este lugar. En medio de un gran sufrimiento, vosotros no dejasteis nunca de confesar la victoria de la cruz, el triunfo del amor de Dios. Habéis visto el poder de ese amor en la generosidad de tantas personas y pequeños milagros de bondad. Pero también habéis visto, en la especulación, el saqueo y las respuestas fallidas a este gran drama humano, tantos signos trágicos de la maldad de la que Cristo vino a salvarnos. Oremos para que también esto nos lleve a una mayor confianza en el poder de la gracia de Dios para vencer el pecado y el egoísmo. Oremos en particular para que todos sean más sensibles al grito de nuestros hermanos y hermanas necesitados. Oremos para que se rechace toda forma de injusticia y corrupción que, robando a los pobres, envenenan las raíces mismas de la sociedad.

Queridos hermanos y hermanas, en esta dura prueba habéis sentido la gracia de Dios de una manera especial a través de la presencia y el cuidado amoroso de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Ella es nuestra Madre. Que os ayude a perseverar en la fe y la esperanza, y a atender a todos los necesitados. Que ella, junto con los santos Lorenzo Ruiz y Pedro Calungsod, y todos los demás santos, siga implorando la misericordia de Dios y la amorosa compasión.

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