El Papa en Madagascar: nadie puede pretender que la fe no tenga influencia social

Francisco afirmó “el derecho de los pastores a emitir opiniones sobre todo aquello que se refiere a la vida de las personas”. “La conversión cristiana nos exige revisar especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la consecución del bien común”. 


Antananarivo (AsiaNews) – “Nadie” puede pretender relegar la religión exclusivamente a un “ámbito privado”, sin que éste tenga influencia en la vida social. El Papa Francisco fue rotundo al afirmar esto, en un África donde los derechos personales y sociales son a menudo coartados, y en un Madagascar que quizás sea el país más pobre del mundo. Y aún así, es un país que esta noche brindó a Francisco un increíble testimonio sobre el deseo de vivir, gracias a más de 200.000 jóvenes que participaron de una vigilia de oración en Antananarivo.

El papa afirmó “el derecho de los pastores a emitir opiniones sobre todo aquello que se refiere a la vida de las personas”, en la primera cita de la tarde, con los obispos de Madagascar, en la catedral de Andohalo, dedicada a la Inmaculada Concepción. “La tarea de la evangelización -dijo- implica y exige una promoción integral de cada ser humano. Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas «para que las disfrutemos» (1 Tm 6,17), para que todos puedan disfrutarlas. De ahí que la conversión cristiana exija revisar «especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común»’. Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 182-183)”.

“Sé que son muchas las razones por las que preocuparse -agregó - y que, entre otras cosas, ustedes llevan en el corazón la responsabilidad de velar por la dignidad de sus hermanos que piden construir una nación cada vez más solidaria y próspera, dotada de instituciones sólidas y estables”. Y “la dimensión profética ligada a la misión de la Iglesia exige, siempre y en todas partes, un discernimiento que en general no es fácil. En este sentido, la colaboración madura e independiente entre Iglesia y Estado es un desafío continuo, ya que el peligro de un choque nunca está lejos, especialmente si llegamos a perder la “garra evangélica”. Francisco recomendó, en particular, la “preocupación por todas las formas de pobreza: no solo «asegurar a todos la comida, o un «decoroso sustento», sino también que tengan «prosperidad sin exceptuar bien alguno». Esto implica educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida. El salario justo permite el acceso adecuado a los demás bienes que están destinados al uso común.» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 192)”. Y dijo una vez más, “la defensa de la persona humana”, y en particular, los pobres. 

Al dirigirse a los jóvenes, que interpretaron danzas y cantos tradicionales, Francisco, partió del testimonio de dos jóvenes, y les recomendó comprometerse tanto en la Iglesia como en la sociedad.  

“Todos sabemos, incluso por experiencia personal, que se puede errar el camino y correr detrás de espejismos que nos prometen y encantan con una felicidad aparente, rápida, fácil e inmediata, pero que al final dejan el corazón, la mirada y el alma a mitad de camino. Esas

ilusiones que, cuando somos jóvenes, nos seducen con promesas que nos adormecen, nos quitan vitalidad, alegría, nos vuelven dependientes y encerrados en un aparente círculo sin salida y lleno de amargura. Una amargura que, yo no sé si es verdad, pero os puede hacer caer en el peligro de pensar: “Es así ... nada puede cambiar y nadie puede cambiarlo”. Especialmente cuando no se cuenta con lo mínimo necesario para pelear el día a día; cuando las oportunidades efectivas para estudiar no son suficientes; o para aquellos que experimentan que su futuro está atascado debido a la falta de trabajo, la precariedad, las injusticias sociales, y entonces tienen la tentación de rendirse”.

“El Señor es el primero en decir: no, este no es el camino. Él está vivo y te quiere vivo a ti también compartiendo todos tus dones y carismas, tus búsquedas y competencias (cf. ibíd., 1). El Señor nos llama por nuestros nombres y nos dice: ¡Sígueme! No para hacernos correr detrás de espejismos, sino para transformarnos a cada uno en discípulos -misioneros aquí y ahora. Él es el primero en desmentir todas las voces que buscan adormeceros, domesticaros, anestesiaros o silenciaros, para que no busquéis nuevos horizontes. Con Jesús siempre hay nuevos horizontes. El nos quiere transformar a todos y hacer de nuestra vida una misión. Pero nos pide que no tengamos miedo a ensuciarnos las manos. A través de vosotros entra el futuro en Madagascar y en la Iglesia. El Señor es el primero en confiar en vosotros y os invita a que también confiéis en vosotros mismos, en vuestras habilidades y capacidades, que son muchas. Os invita a animaros, unidos a Él para escribir la página más hermosa de vuestras vidas, a superar la apatía y a ofrecer, como Rova, una respuesta cristiana a los múltiples problemas que tenéis que enfrentar. Es el Señor quien nos invita a ser constructores del futuro (cf. ibíd., 174). Contribuyendo a ello como sólo vosotros podéis hacerlo, con la alegría y la frescura de vuestra fe. Te pregunto y te pido que tú mismo te preguntes: ¿Puede Él contar contigo?”.

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