Papa: será beato el padre Alfredo Cremonesi, misionero del PIME

Francisco autorizó la publicación del decreto que reconoce el martirio. Transcurrió casi 30 años entre las montañas de Myanmar, donde fue asesinado en 1953.

 


Ciudad del Vaticano (AsiaNews)- Será proclamado beato el p. Alfredo Cremonesi, sacerdote del PIME. De hecho, hoy, el Papa Francisco autorizó a la Congregación de las causas de los santos a publicar el decreto que reconoce que él fue “asesinado en odio a la Fe en el pueblo de Donoku (Myanmar) el 7 de febrero de 1953”.

Alfredo Cremonesi nació el 15 de mayo de 1902 en Ripalta Guerina (Cremona). Primero de 7 hermanos-uno de los cuales, Ernesto, murió en un campo de concentración nazi- era de constitución débil. Enfermo de linfatismo y con la sangre enferma, durante los estudios liceales tuvo que transcurrir largos períodos en la cama, en el seminario diocesano de Crema, sin ninguna esperanza de curación, tanto que parecía imposible pudiese realizar su deseo de ser misionero. En cambio se curó perfectamente. No estaba seguro: se confió en santa Teresita del Niño Jesús.

Así en 1922, con 20 años, inicia a frecuentar el tercer año de teología en el seminario para las Misiones Extranjeras de Milán y el 12 de octubre de 1924 fue ordenado sacerdote por Mons. Giovanni Menicatti, del PIME. Exactamente un año después parte para Birmania. Se quedará por toda la vida.

Llegado el 10 de noviembre de 1925 a Toungo, el p. Alfredo por un año estudia la lengua y las costumbres locales. Luego el obispo le confía un distrito nuevo en Donoku, un pueblo perdido entre las montañas. Se vuelve el punto de partida para sus muchas expediciones entre los pueblos paganos y católicos. Su entusiasmo es grande, pero la juventud y la impaciencia lo llevan pronto a medirse con su fragilidad. “Les digo la verdad- escribe-muchas veces me sorprendí llorando como un niño, pensando a los muchos bienes que había que hacer y a mi absoluta miseria, que me inmoviliza y no sólo una vez, aplastado bajo el peso del desaliento,pedí al Señor que era mejor que me hiciera morir en vez de ser un obrero forzadamente inactivo”. Sin embargo, propio en su relación de intimidad profunda con Dios, encuentra la fuerza para seguir adelante.

De hecho es un misionero más bien con la oración. “Nosotros misioneros- escribirá años después- no somos realmente nada. El nuestro es el más misterioso y maravilloso trabajo que haya sido dado al hombre no para cumplir sino para ver: darse cuenta que las almas que se convierten es un milagro más grande de cualquier milagro”.

En 1941, en plena guerra mundial, la llegada de los japoneses al territorio birmano, los ingleses internan a los misioneros en los campos de concentración en India, excepto los 6 ancianos que están en el lugar desde hace más de 10 años. Entre éstos está el p. Cremonesi, que permanece en Mosó hasta la finalización de la guerra, todavía más solo y privado de cualquier cosa.

Hasta el 8 de septiembre los misioneros italianos fueron tratados por los soldados japoneses como amigos, pero después se vuelven en los peores enemigos. “Nos robaron todo. No nos quedó ni siquiera una gallina”. “Luego fui detenido, el último mes de la guerra, por un oficial extremadamente cruel el cual mandaba las últimas formaciones japonesas que, según todas las apariencias, debían estar compuestas por ladrones y asesinos liberados de la cárcel y dejados para la última masacre. Fui atado por toda una noche y un día en el campo de ellos, y luego, no sé aún por cuál milagro, fui liberado. Entonces tuve que escaparme y refugiarme en el bosque. En aquella ocasión me robaron todo. Mis cristianos se juntaron un plato, una cuchara, un poco de arroz, me dieron una de sus frazadas y así pude llegar hasta el fin de la guerra”.

En los primeros días de enero de 1947 Birmania estaba ya libre de la invasón japonesa e independiente de Inglaterra y el padre Alfredo pudo volver a Donoku. Con nuevo entusiasmo se pone a reconstruir todo lo que había sido devastado. Enseña catecismo y también inglés, asiste y cura a los enfermos, retoma sus actividades pastorales. Pero pronto llegan nuevas pruebas. Birmania obtuvo sí la independencia, pero el gobierno central encuentra graves obstáculos: las tribus carianas y en particular aquellas formadas por los protestantes bautistas, se rebelan. Los católicos, que permanecieron fieles al gobierno, no son protegidos ni siquiera por el ejército, en gran parte budista. El p. Cremonesi, des´pués de la irrupción de los rebeldes al pueblo de Donoku está obligado en Toungoo. Para Pascua de 1952, habiéndose estipulado un pacto de no beligerancia entre los rebeldes y los gubernamentales, osa volver a Donoku. Pero la paz es de breve duración. Si bien ya estaban derrotados, los rebeldes realizan continuas incursiones y es furiosa la rabia de las tropas regulares contra los pueblos carianos, sospechosos indistintamente de favorecer a los rebeldes. El p. Alfredo, con tal de asistir a sus cristianos y comparte con ellos todos los peligros. Obtuvo de ambas partes un salvoconducto para poder moverse más libremente, pero ahora también los gubernamentales nutren graves sospechas sobre él, obstinado en querer trabajar en una zona de guerrilla. Así después del fracaso de una operación militar con la cual el ejército regular entendía limpiar definitivamente la región de los rebeldes, las tropas del gobierno, durante su retirada, irrumpen en el pueblo de Donoku, acusando al p. Cremonesi y a los habitantes del pueblo de favorecer a los rebeldes. Para nada sirvieron las palabras conciliadoras del padre, que trata de explicar y asegurar, defendiendo la inocencia de su gente. Enceguecidos por la rabia, los soldados no le dan ni siquiera el tiempo de terminar. Responden con ráfagas de ametralladora. Es el 7 de febrero de 1953.

 

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