El Papa en los Emiratos: celebra la primera misa pública en Arabia

El rito se llevó a cabo en la Zayed Sports City de Abu Dabi frente a 120.000 personas, católicos de distintas nacionalidades y ritos. Las Bienaventuranzas, modelo ideal de la vida cristiana “normal”, en realidad son un “una transformación total en el modo de pensar habitual”, que considera bienaventurados a los ricos, poderosos y a los que tienen éxito.


Abu Dabi (AsiaNews) – Misa del Papa en un estadio: allí hay 120.000 personas, que colman el interior y el exterior de la enorme estructura. Hay miles de banderines blancos y amarillos, gritos de alegría, saludos y conmoción cuando Francisco pasa en medio de ellos a bordo de un auto. Todo aquello resulta “normal” en una visita papal. Pero todo esto ocurre, por primera vez, en la península árabe, en un país musulmán. Sobre el altar se ve una gran cruz, en un país donde las iglesias no pueden tener una sobre sus techos.  

Dentro de la “normalidad”, es una Misa histórica la que celebró Francisco esta mañaa alrededor de las 10.30, hora local (6.30 GMT), en el estadio Zayed Sports City de Abu Dabi. Un rito solemne para personas de 100 nacionalidades y ritos distintos: caldeos, coptos, greco-católicos, greco-melquitas, latinos, maronitas, siro-católicos, siro-malabares, siro-malankares. El Papa los enumera y les da las gracias al finalizar la misa, como último acto de un viaje que ha estado marcado por el diálogo inter-religioso.

Son todos migrantes, en su mayor parte asiáticos.  Hay muchos indios y filipinos que vinieron a los ricos Emiratos Árabes Unidos para trabajar: una minoría que constituye el 10% de la población. Y que, no con poca frecuencia, es hostigada en el mundo árabe.  

También hay 4.000 musulmanes y se encuentra presente el ministro de la Tolerancia, que testimonia la diversidad de los Emiratos con respecto a otros países de la región.

En la homilía de la misa “Por la paz y la justicia”, celebrada en inglés y en latín, el Papa habla de las Bienaventuranzas, el modelo ideal de vida cristiana “normal”. Pero en realidad, son “una transformación total en el modo de pensar habitual”, según el cual son bienaventurados los ricos, los poderosos y los que tienen éxito. Pero no es así para Jesús, para quien “son bienaventurados los pobres, los mansos, los que se mantienen justos aun corriendo el riesgo de ser ridiculizados, los perseguidos”.

 

Bienaventurados: es la palabra con la que Jesús comienza su predicación en el Evangelio de Mateo. Y es el estribillo que él repite hoy, casi como queriendo fijar en nuestro corazón, ante todo, un mensaje fundamental: si estás con Jesús; si amas escuchar su palabra como los discípulos de entonces; si buscas vivirla cada día, eres bienaventurado. No serás bienaventurado, sino que eres bienaventurado: esa es la primera realidad de la vida cristiana. No consiste en un elenco de prescripciones exteriores para cumplir o en un complejo conjunto de doctrinas que hay que conocer. Ante todo, no es esto; es sentirse, en Jesús, hijos amados del Padre. Es vivir la alegría de esta bienaventuranza, es entender la vida como una historia de amor, la historia del amor fiel de Dios que nunca nos abandona y quiere vivir siempre en comunión con nosotros. Este es el motivo de nuestra alegría, de una alegría que ninguna persona en el mundo y ninguna circunstancia de la vida nos puede quitar. Es una alegría que da paz incluso en el dolor, que ya desde ahora nos hace pregustar esa felicidad que nos aguarda para siempre. Queridos hermanos y hermanas, en la alegría de encontraros, esta es la palabra que he venido a deciros: ¡bienaventurados!”.

Las Bienaventuranzas, agrega, son “una ruta de vida”, es “la santidad de la vida cotidiana, que no tiene necesidad de milagros ni de signos extraordinarios. Las Bienaventuranzas no son para súper-hombres, sino para quien afronta los desafíos y las pruebas de cada día. Quien las vive al modo de Jesús, purifica el mundo. Es como un árbol que, aun en la tierra árida, absorbe cada día el aire contaminado y devuelve oxígeno. Os deseo que estéis así, arraigados en Jesús y dispuestos a hacer el bien a todo el que está cerca de vosotros. Que vuestras comunidades sean oasis de paz”.

“Vivir como bienaventurados y seguir el camino de Jesús –agrega- no significa estar siempre contentos. Quien está afligido, quien sufre injusticias, quien se entrega para ser artífice de la paz sabe lo que significa sufrir. Ciertamente, para vosotros no es fácil vivir lejos de casa y quizá sentir la ausencia de las personas más queridas y la incertidumbre por el futuro. Pero el Señor es fiel y no abandona a los suyos”. “El Señor está cerca. Frente a una prueba o a un período difícil, podemos pensar que estamos solos, incluso después de estar tanto tiempo con el Señor. Pero en esos momentos, aun si no interviene rápidamente, él camina a nuestro lado y, si seguimos adelante, abrirá una senda nueva. Porque el Señor es especialista en hacer nuevas las cosas, y sabe abrir caminos en el desierto (cf. Is 43,19)”.

“Por último, quisiera detenerme brevemente en dos Bienaventuranzas. La primera: «Bienaventurados los mansos» (Mt 5,4). No es bienaventurado quien agrede o somete, sino quien tiene la actitud de Jesús que nos ha salvado: manso, incluso ante sus acusadores”. A los hermanos que partían para ir donde los sarracenos y los no cristianos, San Francisco les decía: “«No entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos» (Regla no bulada, XVI). No entablen litigios ni contiendas: en ese tiempo, mientras tantos marchaban revestidos de pesadas armaduras, San Francisco recordó que el cristiano va armado solo de su fe humilde y su amor concreto. Es importante la mansedumbre: si vivimos en el mundo al modo de Dios, nos convertiremos en canales de su presencia; de lo contrario, no daremos frutos”.

“La segunda Bienaventuranza: «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (v. 9). El cristiano promueve la paz, comenzando por la comunidad en la que vive”. “Pido para vosotros la gracia de conservar la paz, la unidad, de haceros cargo los unos de los otros, con esa hermosa fraternidad que hace que no haya cristianos de primera y de segunda clase”.

“Pido para vosotros la gracia –concluyó- de custodiar la paz, la unidad, de ocuparse los unos de los otros, con esa bella fraternidad por la cual no hay cristianos de primera y de segunda clase. Jesús, que os llama bienaventurados, os de la gracia de seguir siempre adelante, sin desalentarse, creciendo en el amor «entre vosotros y hacia todos»”.

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